"Sofía, sin sabiduría" Leer el primer capítulo.





 Capítulo I - Sofía

Sofía cumplió los catorce años en 1890 como una muchacha de belleza inquieta, de risa pronta y formas que empezaban a florecer.

No conocía aún el amor. Había estado protegida por una madre que ya no estaba para vigilarla; la «gripe rusa» que asoló Madrid el invierno pasado se la había llevado consigo. Le parecía que la muerte se ensañaba con los suyos: el cólera de 1885 ya le había quitado a su padre y, años atrás, en 1874, la viruela segó la vida de sus hermanos, José y Tomasa, antes de que ella naciera.

Sola y huérfana, se encontraba confinada entre muros de piedra, cumpliendo el último anhelo materno: ser, a pesar de todo, una señorita.

El Real Colegio de Nuestra Señora de Loreto, en la calle Atocha, se ubicaba entre la calle del León y la plaza de Antón Martín, haciendo esquina con la plaza de Matute; no era un asilo de caridad ni una lúgubre inclusa para los desheredados; era una fortaleza de orden y virtud bajo el amparo de la Corona. Allí, el eco de sus pasos sobre las baldosas frías le recordaba constantemente que no era una «recogida» cualquiera.

Sus padres, porteros de una finca señorial en el Barrio de las Letras, habían pasado décadas vigilando el trasiego de carruajes desde su modesta vivienda en el portal. Y entre propina y propina, el real ahorrado de la leña y el control estricto de las rentas, habían ido tejiendo un colchón de seguridad.

Aquellos ahorros, sudados bajo el polvo de los rellanos, eran ahora la llave que la mantenía a salvo del hospicio. Eran la diferencia entre el hambre y la educación; entre ser una costurera de barrio o una mujer “de provecho”.

Sin embargo, el colegio lo sentía como una jaula de seda. Mientras las monjas se empeñaban en pulir su carácter jovial y burlón —que ni el luto había logrado apagar—, Sofía observaba el mundo tras las altas ventanas que daban a la calle.

El uniforme reglamentario era una armadura de sarga oscura, pesada y solemne, que le obligaba a mantener la espalda tan recta como un junco. Estaba compuesto de un vestido de paño azul marino, de cuello alto rematado por un bobillo de encaje blanco —siempre impoluto— que le rozaba la barbilla. Sobre el pecho, el delantal o mandil de batista blanca que servía para las horas de labor, pero lo que realmente marcaba su estatus era la esclavina de lana que cubría sus hombros en los días de frío.

En la cintura, un fajín de seda oscuro terminaba en un lazo perfecto a la espalda, simbolizando la rigidez de su vida. Las medias eran de algodón tupido, negras como el carbón, y sus pies, acostumbrados al trote por los portales de la calle del León, se sentían prisioneros en unos botines de piel con cordones y tacón de carrete que repiqueteaban con autoridad sobre el mármol. Para completar el conjunto, cuando salían a la capilla o al patio, se cubría con una mantilla de lana o un velo ligero que enmarcaba su rostro, apagando a la fuerza el brillo burlón de sus ojos.

A veces, distraídamente, acariciaba la medalla de su cuello, que había pertenecido a su madre, sin ser del todo consciente de que cada lección y cada punto de bordado habían sido comprados con la vida de servicio de sus progenitores.

Su padre venía de Bornos, Cádiz, de la tierra seca y el trabajo callado; su madre, de Almadén, Ciudad Real, hija de mineros acostumbrados a la noche permanente del subsuelo.

Ella era el proyecto final de una estirpe de jornaleros, campesinos y mineros; el fruto de generaciones que habían doblado el lomo bajo el sol y en la oscuridad de la tierra para que pudiera caminar sobre alfombras y no por el barro de la calle. Su madre siempre decía: “La ignorancia le hace más mal al pobre que la misma miseria.”

El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y educación empleados por las madres, y el estar en vela a altas horas de la noche, una mala costumbre que combatían con ahínco, como cosa igualmente nociva para el alma y para el cuerpo.

Siempre había una monja que estaba de guardia pasando revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como sorprendiese murmullos de secretos, imponía severísimos castigos.

Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponían las maestras especial cuidado en pulir aquellas naturalezas enviciadas o fogosas, mortificando las carnes y ennobleciendo los espíritus con el cansancio.

Las labores delicadas, como costura y bordados, eran las que menos agradaban a Sofía, que tenía poca afición por los primores de aguja.

Casi toda la mañana se pasaban las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y plañidero que se oía en toda la casa, mientras hacían trabajos manuales.

Por la tarde cantaban también la doctrina y, para ir a la iglesia, salían de su departamento procesionalmente, de dos en dos, con su velo negro a la cabeza, poniéndose a los lados del presbiterio, capitaneadas por las monjas maestras.

La mayoría de las niñas puestas allí por sus padres, para que las educaran, permanecían en el colegio solo hasta los doce, como mucho trece años. Sin embargo, cuando Sofía quedó huérfana a esa edad, le permitieron continuar viviendo dentro de los muros del convento. Aquello le otorgó una posición especial: se sentía investida de cierta autoridad por ser de las mayores y se rodeó de un pequeño séquito de niñas sobre las que ejercía dominio, dándoles órdenes que ellas acataban con auténtica devoción.

Aquel verano estaba resultando uno de los más sofocantes que alcanzaban a recordar las personas mayores. Sofía descansaba tumbada sobre el suelo fresco de la capilla, acompañada de su inseparable Belén, una niña un poco más pequeña que ella que llevaba ya muchos años en el colegio. Su padre, tras quedar viudo, había vuelto a casarse, y la nueva esposa había preferido mantenerla a distancia, pues Belén no encajaba en la vida familiar que había planeado para él.

Dos niñas vigilaban la entrada de la capilla por si alguien se acercaba. Si percibían algún ruido, debían avisar imitando el canto de un gorrión. Entonces, Sofía y Belén se incorporarían de inmediato y continuarían fingiendo que limpiaban y abrillantaban las imágenes de los santos.

—Pronto me iré —le confesó Sofía a su amiga, con la mirada fija en algún punto indefinido del techo abovedado.

—¿Pero… adónde irás? —preguntó la más pequeña, con la voz cargada de tristeza.

—Aún no lo sé —respondió—. Todavía no lo he decidido, pero estoy convencida de que algo sucederá y dejaré este lugar gris y severo para vivir mil y una aventuras.

—No podré quedarme aquí sin ti, no te marches —suplicó Belén.

—Cuando esté fuera y tenga mi vida encauzada, volveré por ti y te llevaré conmigo —le aseguró Sofía.

En ese instante, la puerta se abrió y una de las niñas avisó en voz baja:

Salid ya; hoy viene el zapatero y tenemos que estar en el comedor a las once en punto.

Las dos se pusieron en pie y, tomadas de la mano, abandonaron el templo, dejando atrás el silencio del lugar mientras imaginaban el mundo maravilloso que las aguardaba más allá de los muros que las mantenían cautivas.

Al llegar al comedor, las envolvió el rumor característico de cualquier colegio repleto de niños: un murmullo constante, un barullo que se imponía incluso a la disciplina más estricta. Entre susurros y risas apagadas corría de boca en boca un comentario curioso:

—¿Has visto al chico que va con el zapatero?

Sofía fue abriéndose paso entre las niñas hasta alcanzar el banco corrido del comedor, donde se encontraba el zapatero, un hombre ya entrado en años al que había visto en otras ocasiones. Con el mandil de cuero oscuro ceñido al cuerpo, medía entonces el pie de una de sus compañeras con la calma y la destreza de quien conoce bien su oficio.

Lo que llamaba la atención aquella vez era la presencia, junto a él, de un muchacho que no parecía mucho mayor que ella y que se mantenía dispuesto a ayudarle en todo momento.

Iba vestido con el aire castizo propio de Madrid: camisa blanca con el cuello abierto y las mangas algo subidas por el calor, chaleco oscuro perfectamente entallado y pantalones estrechos de paño que caían rectos hasta unos botines negros, bien limpios y brillantes. A la cintura llevaba una faja oscura y, al cuello, un pañuelo claro anudado con estudiada naturalidad. Remataba el conjunto una gorra de chulapo, colocada con soltura, bajo la que asomaba un cabello claro, cuidadosamente peinado, y un rostro vivaz en el que se adivinaban orgullo y picardía a partes iguales.

El muchacho se movía con soltura, alcanzando herramientas, recogiendo hormas o sujetando el cuero cuando era necesario, sin dejar de observar cuanto ocurría a su alrededor. Su porte era firme, casi desafiante, como si aquel comedor no le resultara ajeno, sino un escenario en el que sabía destacar sin esfuerzo. Y mientras lo observaba, no pudo evitar pensar que jamás había visto a un joven tan apuesto.

 

                                                                                                                 M. C. Sánchez

 

 

 

 

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