Leer "En el nombre de Teresa"






NOTA DE LA AUTORA

 

Estoy convencida de que las casualidades no existen. “En el nombre de Teresa” es el último libro de la trilogía que estoy escribiendo sobre la familia de mi padre. Quienes me han leído anteriormente saben que mi interés por la genealogía nació tras el fallecimiento de dos de mis seres queridos y que esta aventura me está ayudando a superar momentos difíciles. La escritura es sanadora.

A finales de agosto, concluí la segunda novela de la trilogía, “El secreto de Don Agustín”. Todavía no está lista para ser publicada y me había concedido unos días de descanso, pero hay algo dentro de mí que impide que me detenga. Me he despertado con la necesidad de comenzar este nuevo libro y, al mirar el calendario, descubrí que hoy se cumplen cuarenta años del fallecimiento de Teresa, mi abuela.

Confieso que mientras escribo estas líneas me emociono. Para mí fue una persona fundamental y la pena es que se marchó cuando yo tenía solo dieciocho años.

 

Fuenlabrada, 6 de septiembre de 2025

 


                                                       

                                                      Capítulo I - La llegada al mundo

 

La Carolina, madrugada del 29 de noviembre de 1902

—Vamos, doña Antonia, un empujón más. Sé que está muy cansada, pero usted puede. Es una mujer joven, sana y su niño viene sin problemas. —Yo la ayudo, solo un último esfuerzo, ánimo —le decía la comadrona.

Mientras tanto, su suegra, Teresa Rodríguez Rubira, y la sirvienta permanecían cerca de ella, atentas a cualquier gesto o necesidad. La madre de su esposo, que había tenido nueve hijos supervivientes, y había asistido a muchos partos, estaba en aquel cuarto con casi tanta experiencia como la propia partera.

Antonia tenía contracciones desde la mañana de aquel viernes. Le habían sobrevenido mientras hacía unos encargos que consideraba imprescindibles antes del nacimiento de su hijo.

El médico y los más allegados le habían aconsejado que ya no saliera de casa, pues se encontraba fuera de cuentas, pero ella tenía un carácter indomable y rara vez alguien se atrevía a decirle que debía hacer.

Se quedó huérfana de madre con apenas dos años y de padre a los seis. Desde entonces fue criada, primero por su abuela paterna y, a la muerte de esta, por otros familiares, en la Aldea de la Isabela. Siempre había sido una niña solitaria y decidida, acostumbrada a imponerse a los deseos de los demás.

Pertenecía a una familia burguesa de La Carolina, una comunidad integrada por adinerados terratenientes, muchos de los cuales descendían de los primeros colonos de Sierra Morena. De aquellos a los que les fueron concedidas tierras por orden del monarca, dentro del proyecto de colonización impulsado por Carlos III y Olavide, aunque actualmente casi nadie tenía conciencia de su origen.

Lo que sí tenían claro era que, en su círculo, no había lugar para los nuevos ricos: aquellos pertenecientes a la oleada de inmigrantes llegada a partir de la segunda mitad del siglo XIX, que, atraídos por el plomo y la plata de las minas, se habían enriquecido. Carecían del linaje necesario.

Únicamente accedían en raras excepciones cuando el matrimonio garantizaba un equilibrio entre riqueza y estatus: el dinero, por un lado, el apellido, por otro.

Así que Antonia solo podía aspirar a conocer a un pretendiente de su misma clase.

La mayor parte de su familia se había casado entre primos, pero ella no sentía interés en hacer lo mismo: los veía como hermanos y jamás se le pasó por la cabeza contraer matrimonio con alguien tan cercano.

Por lo tanto, la lista de posibles candidatos se reducía peligrosamente, y, a veces, un suspiro de hastío escapaba de sus labios al pensar en la monotonía de su futuro.

Pero un día, mientras asistía a misa, sus ojos se posaron en un joven de modales correctos y de familia similar a la suya. Ya le conocía por haberlo visto en actos sociales y en lugares de encuentro, pero no se había fijado en su atractivo hasta ese preciso instante.

Un cosquilleo inesperado recorrió su estómago y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió soñar un poco. —«¿Y por qué no?» —se dijo, dejando que la idea flotara en su mente como una promesa silenciosa.

Ese viernes, sin embargo, su atención estaba centrada en las contracciones que la acompañaban desde la mañana y le recordaban, a cada paso, que el nacimiento era inminente.

Caminaba por las calles a medio empedrar de La Carolina, con el sol de otoño filtrándose entre los tejados y el aroma a pan recién horneado y a tierra húmeda llenando el aire. Los coches de caballos lujosos pasaban junto a ella y los vecinos la saludaban con curiosidad.

A pesar de la molestia creciente, la joven no podía dejar de ir a la relojería suiza de Juan Simonet, en la calle Olavide 4. Quería recoger el regalo de Santiago para su aniversario de boda, que se cumplía el próximo 9 de enero.

Celebraban un año de matrimonio y, por esa fecha, se encontraría en cuarentena; así que salir estaría fuera de toda cuestión, y menos aún ir de compras: ni el médico ni la sociedad lo habrían consentido y eso sería un escándalo, incluso para ella.

 Días atrás, había mandado encargar un reloj de plata de la marca Roskopf, [1] confiando en que sería del agrado de su esposo.

Con cada paso, el dolor aumentaba, y la certeza de que pronto tendría que enfrentarse al parto la llenaba de una mezcla de miedo y determinación. La voluntad, heredada de doña Concepción Risoto, le daba fuerza. No era de las que se rendían; su espíritu decidido la llevaba a enfrentarse a cada contracción como a un obstáculo más que debía superar.

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—¡Ya viene, ya viene! Se le ve la cabeza. ¡Un último empujón, señora!

Serían aproximadamente las dos y media de la madrugada. [2] La habitación estaba iluminada por la luz eléctrica, instalada en el pueblo hacia 1898, aunque en la casa de la calle Gracia número 17 ya se disfrutaba de aquel privilegio, todavía poco común.

El abuelo de su esposo adquirió la vivienda en 1854 y desde entonces se había reformado varias veces.

—¡Es una hermosa niña! —Anunció la partera, mientras la entregaba a su abuela, que la esperaba con una mantita entre los brazos.

—¡Virgen santísima, qué preciosidad! —exclamó la mujer, conmovida—. Se llamará Teresa, como yo. ¿Verdad, Antonia?

La reciente madre apenas tenía fuerzas para asentir. Solo quería ver a su hija y descansar. Después de tanto esfuerzo y a aquellas horas, los párpados se le cerraban.

Sin embargo, un pensamiento fugaz le atravesó la mente: —«¿Sería una decepción para Santiago que el primogénito no hubiera sido varón?».

Su marido era el sexto de los nueve hijos de Sebastián Ruiz Benavente y Teresa Rodríguez Rubira, y el tercero de los cuatro varones del matrimonio. Había crecido en el seno de una familia unida, con padres amorosos tanto entre sí como con sus hijos. Se sentía parte de aquel ambiente del pueblo, mezcla de mineros y campesinos, y llamaba la atención por su apostura: alto, erguido, bien parecido y siempre cuidadoso con su indumentaria.

La primera vez que vio a Antonia, asistía como invitado a la fiesta campestre que el padre de su amigo Juan Jiménez celebraba con motivo del compromiso de su hija Benita. Antonia acompañaba a la novia y, a primera vista, parecía absorta en sus amigas, sin reparar demasiado en los jóvenes presentes.

A mediodía los invitados partieron en tres coches y, a la una, ya estaban en pleno campo, a la sombra de las encinas. Disfrutaban de la tradicional lechada de oveja, del magro salchichón, de la fritura de cordero tierno, del vino oloroso y de otras delicias que abrían el apetito.

 El día era fresco, el horizonte despejado y, junto con la alegre compañía, todos hicieron que la comida resultara memorable, no solo por la esplendidez proverbial del anfitrión, sino también por los incidentes que animaron la reunión.

Mientras Antonia charlaba y reía, Santiago no apartaba la vista de ella. Tenía dieciocho años y la lozanía de la juventud iluminaba cada uno de sus rasgos. Su rostro, afinado y luminoso, resaltaba unos pómulos delicados y unos ojos vivaces, en contraste con la seriedad que la vida le impondría más tarde.

 Llevaba el cabello recogido en un moño alto, sencillo, acorde a la moda, y su talle esbelto, realzado por la blusa ceñida y las faldas largas, destacaba entre el grupo de muchachas.

Había en su porte una mezcla de frescura y firmeza que atraía las miradas, aunque ella, ocupada con sus amigas, parecía ajena a la atención que despertaba.

Era la primera vez que Santiago la observaba con verdadera atención. La chispa estaba allí, apenas un destello de conciencia que se avivaría tiempo después, en misa, cuando el recuerdo de aquel encuentro volviera a su mente con mayor claridad.

Después de la comida, los invitados se dirigieron a los pilares instalados en la dehesa. El joven, aunque no se atrevió a hablarle, sí admiró la magnificencia de la obra. Allí bebieron agua fresca y aguardiente, y unos cuantos emprendieron luego la caminata hacia la aldea de las Ocho Casas, donde descansaron antes de regresar.

 La jornada terminó con elogios al anfitrión, agradeciéndole el lujo y la hospitalidad con que había agasajado a todos los asistentes.

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El noviazgo duró dos años, sin impedimentos familiares. La dote de la novia fue suculenta, pues Antonia aportó toda la herencia de su padre, don Julián Graus Risoto, perito agrónomo de la localidad, hasta su prematura muerte en 1887. [3] Tras su fallecimiento, tanto ella como su hermano Andrés fueron los únicos herederos del patrimonio familiar.

Por su parte, Santiago era nieto de don Agustín Ruiz Asensio, que legó más de la mitad de su fortuna a su único hijo varón, Sebastián, y, por ahora, él y sus hermanos vivían ayudando a su padre en la administración de las fincas y del ganado. Adquiriendo así experiencia en los negocios familiares y en la vida de campo.

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—¿Estás decepcionado, Santiago? —¿Te hubiera gustado más un hijo? —Le dijo Antonia a su marido cuando entró a conocer a la niña.

—Querida Antonia, me has dado la niña más perfecta con la que hubiera podido soñar; no la cambiaría por diez varones —le dijo cariñosamente su esposo.

—Tendremos muchos hijos, como mis padres, y habrá varones y hembras. Cuando seamos ancianos, nos reiremos recordando este momento.

 Mi abuelo Agustín estaba preocupado porque mi madre no se quedaba en cinta y, fíjate, hemos sido nueve hermanos.

Antonia abrazó a su esposo mientras pensaba:

—«No me he equivocado al casarme contigo».

 



[1] Reloj de bolsillo ideado por Georges Frédéric Roskopf.

[2] Véase documento 1 en la carpeta online. Partida de nacimiento de Teresa Ruiz Graus.

[3] Véase el libro I de esta serie. “La esposa de Don José”

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