Leer "La esposa de Don José"


PRÓLOGO

 

 

Aldea de La Isabela, La Carolina, junio de 1887

Doña Concepción Risoto tenía sesenta y siete años y se hallaba postrada en cama con un severo cuadro de neumonía; según su médico, don Agustín, su final estaba próximo.

Una madrugada, en sus últimos días, abrió los ojos con la mirada perdida, asegurando que estaba acompañada por familiares y vecinos, todos ellos fallecidos hacía mucho tiempo, quienes, según insinuaba, habían venido a guiarla en su último viaje.

En la cabecera de su cama, como cada noche, su hija María Ana vigilaba atentamente sus mínimas necesidades. En la quietud del cuarto, cuando su madre comenzó a tener visiones, intentó que volviera en sí y, al no lograrlo, salió del dormitorio con el corazón encogido, buscando el amparo de otro ser vivo.

Para la anciana, lo que estaba viviendo era muy real; su pensamiento despertaba del sopor en el que había estado sumida en los últimos días.

 Sentía paz interior y pensó:

«¿Habré muerto y estoy junto al Altísimo?».

Su mente reconstruía imágenes en las que los recuerdos se agolpaban, iniciándose en una tarde de hace mucho tiempo, cuando su madre la llevó a conocer a José III.

 

 Primera parte

 

                                   Capítulo 1. La infancia

 

Carboneros, 1826

Mariana, la madre de Conchita, andaba en dirección al pueblo; estaba embarazada de su tercer hijo y el intenso calor de las tardes de verano, junto a su avanzado estado de gestación, le dificultaba caminar.

Era una mujer regordeta, de piel blanca que enseguida se enrojecía a causa del sol. Tenía el pelo del color del trigo maduro y unos ojos de un azul intenso. Su familia había emigrado a esta tierra procedente de Centroeuropa[1], aunque ella había nacido en Carboneros.

—Tendría que estar haciendo la siesta —comentó Mariana a sus dos hijos que la acompañaban, antes de añadir—: Pero si no voy ahora, no tendré otra oportunidad en los próximos días de visitar a doña Joaquina.

Sus hijos iban pensando en sus cosas y, si la escucharon, no lo demostraron.

Carboneros contaba, entonces, con una única calle principal que terminaba en una plaza elíptica.

Al llegar a la vivienda, sintieron el frescor que salía del interior y la madre se dirigió directamente a la cocina, seguida de los chiquillos, quienes intentaban no hacer ruido mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad.

Al fondo de la estancia, divisaron a una joven que se sobresaltó al verlos y, mientras se acercaba, se secaba las manos en un paño.

Conchita reflexionó:

«¡Es una persona mayor! Yo pensaba que los nietos de doña Joaquina eran pequeños».

—¡Hola! —dijo Joaquina Graus. —Soy la nieta de la señora.

La joven tenía unos quince años, era menudita y llevaba el pelo castaño recogido en un moño; parecía mayor de lo que era.

—Tú debes ser Mariana y estos, tus hijos, Conchita y Juan. Mi abuela os está esperando; se pondrá muy contenta de veros. Voy a avisarla enseguida.

Nada más salir la nieta, aparecieron en la puerta dos niños; tenían el pelo moreno y la piel aceitunada; se parecían a dos gotas de agua; la única diferencia a primera vista era su edad.

Los cuatro niños intercambiaron miradas llenas de curiosidad, pero pronto regresó Joaquina Graus con el recado de que la abuela recibiría a Mariana a solas. Acompañándola hasta el cuarto, llamó a la puerta y dijo:

—Abuela, ¿me da su permiso?

—Pasad, pasad, me alegro de verte, Mariana —contestó la anciana, que se encontraba acomodada en una mesita junto a la ventana. Luego, pidiéndole a la visitante que se sentara a su lado, comenzaron a charlar.

Doña Joaquina era mayor de sesenta años, con el cabello completamente blanco, delgada y con muchas arrugas; había dejado el Reino de Valencia hacía muchos años junto a su primer esposo, Joseph Graus.

Al quedarse viuda, decidió casarse con José Muela, quien le pareció, en aquel momento, un excelente partido.

Cuando Mariana entró a servir en su casa, la señora necesitó su ayuda para integrarse en la población, que era muy conservadora y dada a las habladurías.

 Los convecinos se dedicaban a espiar a los forasteros, pero sobre todo a las forasteras; si la mujer hubiera aparecido con muchos humos o con manías de grandeza, no habrían tardado en hablar de ella, acusándola de entrometerse en los negocios del marido y enredándola en sus chismorreos.

Con estos comienzos y a pesar de ser tan distintas, se forjó una amistad que supieron mantener con el paso de los años.

La anciana, sirviéndole un vaso de limonada, le explicó a Mariana el motivo de haberla hecho llamar; quería informarle de una decisión que había tomado y que iba a ser trascendental para todos.

 

 

Conchita se había quedado en la cocina con el resto de los niños y, al volver, la nieta de doña Joaquina les invitó con dulzura:

—Salid todos a jugar.

José III, el mayor de los hermanos, que atravesaba una etapa de rebeldía y no acostumbraba a jugar con niñas, protestó ante su hermana. Pero ella, que ejercía de madre, le miró severamente y él, agachando la cabeza, salió de la estancia.

Detrás, en fila y por edades, salieron Conchita, Antonio y, el último, Juan.

Ya en la calle, José III, apartando a su hermano del grupo y mirándole fijamente, le propuso:

—¿Nos quitamos a estos mocosos de encima?

—Les decimos que vamos a cazar gamusinos, los entretenemos, salimos corriendo y les abandonamos.

Su hermano Antonio, que era su sombra y siempre estaba de acuerdo en todo lo que decía, asintió con la cabeza.

Mientras Conchita, que nunca había oído hablar de los gamusinos y era muy inocente, se dejó llevar a unos arbustos de zarza que se encontraban al inicio del camino del Acebuchar.

El niño mayor señalaba las zarzas mientras exclamaba:

—¡Ahí, seguro que ahí hay madrigueras!

Así que la niña y su hermano se agacharon para buscarlas y, poniendo las manos en el arbusto, terminaron arañados y sangrando. Ella, intentando consolar a Juan, le cogió de la mano con cuidado de no lastimarle y volvieron hacia la casa.

Los dos muchachos mayores, que habían sido más rápidos al salir corriendo, ya estaban en la entrada de la vivienda. Entretanto, la madre de Conchita y Juan —con gesto inquieto— y la hermana de José III y Antonio, que también los buscaba, aparecieron por la puerta y se quedaron mirando sorprendidas la escena.

Mariana, al fijarse en la cara llorosa de Juan y en las manos de ambos, vio los hilos de sangre que brotaban de los arañazos y se dirigió a su hija con reproche:

—¡Conchita! ¿Qué habéis hecho?

Ella, tras mirar a José III, se volvió hacia su madre y respondió:

—Madre, no nos regañes. Hemos sido torpes: Juan tropezó y cayó en la zarza que hay al comienzo del camino, y yo, intentando ayudarle, también me he lastimado.

Su hermano Juan abrió la boca para protestar, pero ella, que le tenía cogido de la mano, le pegó un pellizco para que la cerrara inmediatamente.

José III, más tarde, se arrepentiría del daño causado a los hijos de Mariana. Su actitud, había pensado él, era culpa de su abuela y su hermana, que le habían impuesto jugar con esos críos; aunque lo que realmente pretendía era llamar la atención y rebelarse contra los cambios que se estaban produciendo en su vida.

                                                         

 

              Aldea de la Isabela, 1818

 El día que nació José III, su abuela doña Joaquina lo tomó en brazos y, alzándolo, exclamó:

 —Se llamará José, como se llamaron su abuelo y su padre antes que él.

Su madre, María de los Ángeles Feliciana Rodríguez, mujer enfermiza, no tuvo nada que decir; como tampoco lo había dicho con el nacimiento de su hermana Joaquina Graus, ni le daría tiempo a decirlo con su hermano Antonio, al fallecer durante el parto.

Unos años después, tras la muerte de su padre —José II—, su abuela, sin pensárselo dos veces, aceptó la tutela y custodia de los tres hermanos y se los llevó a vivir con ella a Carboneros.

 

 

Para limpiar su conciencia, José III comenzó a ir a la aldea del Acebuchar todas las tardes, a ver si con suerte coincidía con Conchita. Primero dio vueltas por la calle, llevando siempre a su incondicional Antonio detrás, pero como después de unos días seguía sin verla, se atrevió a llamar a la puerta y, abriéndose esta lentamente, apareció la niña ante él.

Conchita, sorprendida y con una sonrisa, le preguntó:

—¿Qué haces aquí?

Y él, sintiéndose un poco ridículo y armándose de valor, se disculpó:

—Quería pedirte perdón por mi actitud del otro día; la verdad es que no sé por qué lo hice.

Conchita no respondió de inmediato, lo que dio pie a que él continuara:

 —Además... me gustaría saber por qué no contaste lo que realmente ocurrió.

Ella sopesó la respuesta antes de hablar:

—Porque quiero que seamos amigos.

Mientras se lo decía, recordó los pensamientos que rondaban por su cabeza antes de conocerlos:

«¡Qué emoción! Voy a tener nuevos amigos y, encima, vienen de la capital y van a la escuela. ¡Seguro que aprendo mucho de ellos!»

Pero él soltó una carcajada y replicó entre risas:

—Niña, no podemos ser amigos. Tú eres una chica y yo, un chico. ¿A qué jugaríamos, a las casitas?

Y, continuando con su aire burlón, añadió:

—Los niños nos fabricamos nuestros propios juguetes, y las niñas, como tú, jugáis con muñecas.

Conchita, con voz firme y mirándole muy seriamente, sentenció:

—Mañana, después de la siesta, nos reunimos en el camino del Acebuchar; pero esta vez, junto a la higuera. No volveré a comer moras en mi vida.

Y le cerró la puerta en las narices.

 

 

 

 Al cumplir Conchita seis años, solicitó a sus padres autorización para asistir a la escuela. A ella le interesaba todo lo que la rodeaba y sabía que allí los niños aprendían a leer, a escribir y sobre lugares lejanos.

 El Imperio austríaco: solo el nombre ya daba miedo. Era un lugar del que su abuela Margarita le había hablado, y ella sabía que estaba más allá de La Carolina y de las montañas de Despeñaperros.

La educación en las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena reflejaba un esfuerzo por mejorar la sociedad a través de la instrucción y la formación de sus jóvenes, aunque las niñas aún enfrentaban limitaciones en comparación con sus compañeros varones.

Su madre le replicó con firmeza:

—Conchita, no es necesario que las niñas aprendan a leer y escribir, pero menos todavía que sepan de lugares que posiblemente nunca visitarán. Además, la cigüeña llegará pronto y no vas a desperdiciar tu tiempo con tareas inútiles.

Su padre, por su parte, intentó convencerla con argumentos prácticos:

—Conchita, tú serás la esposa de un propietario campesino, ¿para qué vas a necesitar asistir a la escuela? Las cuentas básicas para llevar una casa ya se encargará tu madre de enseñártelas.

Las tareas domésticas que realizaba la madre de Conchita le ocupaban la mayoría de la jornada, pero iban más allá de mantener la casa y las ropas limpias o de preparar la comida; también tenía que ayudar a su marido en muchas otras labores del campo.

 

 

 

 

En los años que siguieron, los niños permanecieron inseparables, a pesar de que el pueblo se inmiscuía y malmetía, asegurando que una señorita no debía jugar con muchachos.

Sus padres no se ponían de acuerdo sobre si era o no apropiado; sin embargo, al ser sus compañeros de juegos los nietos de doña Joaquina, terminaron haciendo una excepción. Además, la niña, en aquellos años, no entendía de convenciones sociales.

Así que lo dejaron pasar, mientras ella, sin prestar atención a los comentarios, disfrutaba de sus años de libertad. Siempre acompañada por José III, Antonio, Juan y, más tarde, su hermano Roque, trepaba, corría y se mojaba en los numerosos arroyos de la zona.

En más de una ocasión, recibieron una severa reprimenda por aparecer con la ropa hecha jirones.

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Comentarios

  1. Felicidades por tu trabajo en el que muchos descendientes de colonos nos vemos reflejados. Un saludo “Pentabuelos”

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