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El secreto de Don Agustín


                                                                    Prólogo


En algún lugar del sureste español, 1834 aprox.

Caminaba sin rumbo, cierto, guiado apenas por la intuición de que iba hacia el noroeste. El cansancio le embargaba de tal forma que su mente solo lograba contar pasos a un ritmo constante que le permitía seguir avanzando: uno, dos…

Hacía ya tres días que apenas se detenía, descansando lo mínimo por las noches —una cabezada fugaz, suficiente para no derrumbarse—, siempre en lugares apartados y protegidos, donde pudiera mantenerse a salvo tanto de hombres como de alimañas.

Sabía que la Milicia Nacional lo había estado siguiendo; los había visto de lejos, inconfundibles con su escándalo de voces y el polvo que levantaban al galope. No se ocultaban. Sin embargo, llevaba más de un día sin verlos recortar el horizonte. Aun así, no bajaba la guardia. La prudencia era lo único que podía mantenerlo con vida.

 Había dejado atrás la sierra de Cazorla. Se sentó al borde del camino y sacó del zurrón un mendrugo y un trozo de queso seco. Mientras masticaba lentamente, pensaba en qué camino tomar. Recordó haber escuchado en alguna taberna, entre tragos de vino y humo de tabaco, que la zona de Linares era rica en plomo y plata, y que allí nunca faltaba trabajo para unas manos dispuestas a despellejarse por unas monedas. La mina, pensó, le daría el anonimato que tanto necesitaba.

Pasó otro día más de camino, bajo un sol inmisericorde, hasta que por fin avistó Linares. Una vez allí, fue preguntando con cautela a los vecinos que encontraba. Uno de ellos lo envió a un pozo de prospección artesanal, no muy lejos, en el distrito de Arrayanes, donde aún se extraía mineral de vetas poco profundas.

Las explotaciones estaban en manos de cuadrillas familiares o pequeños empresarios locales que contrataban a jornaleros por días o semanas. Se acercó con paso firme a un hombre que se encontraba cubierto de polvo y parecía estar al mando.

Quitándose la gorra con respeto, le dijo:

—Buenos días, patrón, ¿habrá algo de faena para mí?

El hombre lo recorrió con la mirada, evaluándolo con ojo entendido: era un muchacho de unos dieciséis o dieciocho años, alto, bien parecido, pero resultaba evidente que jamás había trabajado con un pico.

—Pues le diré, muchacho —dijo al fin, con voz grave— que por aquí ya vamos acabando la temporada a la fuerza. Se dice que andan cerca los facinerosos[1] y, de momento, no me hace falta más gente.

El joven frunció el ceño con una expresión de contrariedad y parecía a punto de replicar, cuando el hombre añadió:

—Ahora bien, sé que, en la linde de La Carolina, en un cortijo llamado El Jorcón, andan buscando brazos. La dueña ha enviudado hace poco y ha quedado sola con una hija, bastante desamparada, la verdad… —Vaya usted allí, a ver si hay suerte.

No le pareció mala idea. «Un cortijo no es mal sitio para ocultarse durante unos meses», se dijo.

Y dando las gracias al hombre, tomó el camino que le había indicado hacia La Carolina.



[1] En el contexto de las Guerras Carlistas (siglo XIX en España), los liberales solían usar el término "facinerosos" para referirse de forma despectiva a los carlistas, que sí eran los seguidores de Carlos María Isidro de Borbón.

 

 

 Capítulo I - El primer disparo

 

La vereda polvorienta se estrechaba entre matas y encinas; el sol, encaramado en lo alto del cielo andaluz, derramaba su luz a plomo.

Tras un montículo en curva, se abrió ante sus ojos la estampa: un cortijo encalado. Sus muros, gruesos y blanqueados con cal reciente, brillaban bajo el astro sol con una obstinación casi sagrada. La techumbre de teja árabe, rojiza y dispareja mostraba huellas del tiempo, pero resistía con dignidad. Detrás, un corral de piedra seca y más allá, los surcos ásperos de una tierra labrada a sudor y jornal.

En la explanada frente al portalón, dos mujeres acarreaban cántaros desde el pozo, con los mantones recogidos a la cintura y la mirada esquiva. Un perro de orejas gachas, más hueso que pellejo, levantó la cabeza sin ladrar. Bajo un emparrado donde colgaban racimos de uva temprana, un anciano dormitaba en una silla de anea, con el sombrero ladeado y una escopeta apoyada contra la pared.

Del interior, a través de la puerta entornada, llegaba el olor del pan recién cocido y el eco lejano de una copla entonada por voz femenina, tal vez una criada, o quizás la hija de la casa. No había lujos, pero sí orden, trabajo y una dignidad que se respiraba en el aire seco.

Con una mezcla de alivio y precaución, pensó:

«Aquí quiero empezar de nuevo».

El anciano, que parecía dormitar bajo el emparrado, se incorporó con una agilidad impropia de su edad y, en un solo movimiento, alzó la escopeta y apuntó directo al pecho del recién llegado.

—¿Quién eres y qué buscas por aquí?

El joven levantó las manos despacio, con la calma forzada de quien no quiere tentar a la suerte.

—Tranquilo, buen hombre —dijo con voz serena. Me llamo Agustín. Me han dicho que en este cortijo andan necesitados de mano de obra y vengo por si hay faena.

—No te muevas —ordenó el anciano sin bajar el arma. Voy a dar aviso para que venga doña Tomasa.

Y dicho esto, el hombre desapareció por el portalón, con paso firme y sin dejar de mirar al forastero.

Al poco regresó acompañado de una mujer de unos treinta y cinco años, puede que menos. Se notaba que había trabajado duro: la piel curtida por el sol, las manos agrietadas por el esfuerzo diario. No destacaba en nada, salvo por un semblante sereno y una expresión agradable que suavizaban su aspecto.

A esa edad ya era una mujer mayor. La acompañaba una niña, de unos cinco o seis años, que venía aferrada a su falda.

—Matías me ha dicho que quería verme. ¿Qué se le ofrece? —preguntó, con voz pausada y firme.

—Vengo a solicitar trabajo —dijo. Me han comentado que anda escasa de mano de obra y yo necesito cobijo y un plato caliente, al menos una vez al día. Si me contrata, no se arrepentirá de tenerme cerca.

—¿Sabe manejar un trabuco? —preguntó Tomasa, sin rodeos.

—No —respondió él—, pero soy muy espabilao’ y aprendo rápido.

Ella se volvió hacia Matías y, con un gesto seco, ordenó:

—Dale un plato de puchero y mira a ver si nos puede ser útil.

Y así, entró Agustín en la vida de Tomasa.

                                                    ***

El joven sujetaba el trabuco como quien carga con un cántaro lleno: con más respeto que maña. Los había visto de lejos, claro, asomando por la puerta de alguna venta o en manos de la Milicia, pero nunca tan de cerca. Y mucho menos cargándolo.

—A ver —murmuró para sí, ladeándolo con cuidado—, primero la pólvora, ¿no?

Destapó el cuerno, volcó media carga —más o menos— dentro del cañón, sin pensar demasiado si eso era mucho o poco. Luego buscó con la mirada la munición. Le habían dicho que podía meter de todo: clavos, piedras, incluso monedas viejas si había prisa. Encontró unas bolillas de plomo en una caja sucia y las fue dejando caer dentro con un soniquete que no le inspiró confianza.

—¿Y ahora el taco o antes el yesquero? —Dudó en voz alta, sudando bajo la gorra.

Enrolló un trozo de trapo y lo embutió con el baquero, dándole golpes que apenas sonaban. Estaba satisfecho. Hasta que el grito lo sacudió como un trueno.

—¡So’ burro! —rugió Matías, acercándose a zancadas—. ¿Pero qué haces, desgraciao’? ¡Eso te estallará en la cara, alma de cántaro!

Agustín se quedó tieso, con la baqueta a medio sacar.

—¿Y esa pólvora? ¿cuánto has echao’? —¿Vas a volar al primer cristiano que se te cruce? —Y las balas, ¿las has apretao’ bien? —¡Si parece que están bailando dentro! —Gruñó, arrebatándole el arma con manos seguras.

Matías descargó el trabuco de una sacudida, sacó el trapo y escupió al suelo.

—Esto no es una tontería, chaval. Esto es un demonio con boca de hierro. Si no lo respetas, te manda al infierno sin preguntar.

Agustín asintió, tragando saliva.

—Lo siento, Matías. Nunca había cogido un arma.

—Pues será la última vez si no me haces caso. Mira bien cómo lo hago y, si tienes cabeza, graba cada paso a fuego en ella.

Mientras atendía al manejo del arma, que le enseñaba Matías, le preguntó con auténtica falta de conocimiento:

—¿Qué está pasando por estas tierras? ¿A qué se debe tanto hombre armado?

El hombre lo miró con resignación antes de responderle.

—Cómo se nota que andamos muy necesitaos’ de mano de obra. —No entiendo cómo el ama te ha dejado quedarte sin saber de dónde vienes ni quién eres —espetó con tono agrio—, solo porque le ha gustao’ tu cara. —Seguro que huyes de algo.

—Estamos en guerra civil, chaval. Los seguidores del hermano de Fernando VII quieren que él sea el próximo rey, que lo llamen Carlos V. Pero el rey Fernando, antes de morir, quiso dejar como heredera a su hija —la que ahora es nuestra reina, Isabel II—, y para eso tuvo que cambiar la ley.

Estas tierras son liberales; están con la reina. Y cada vez que pasa por aquí una pandilla de facinerosos, de esos que siguen al tal Carlos María Isidro, arrasan con lo que encuentran: queman casas, destrozan sembraos’ y matan el ganao’ que no pueden llevarse.

—Por eso el ama te ha contratao’. Toda vigilancia es poca, y más tratándose de una mujer viuda, aún joven, con una hija pequeña a su cargo.

Y con paciencia ruda, el viejo comenzó a enseñarle a cargar el arma, paso a paso. Agustín lo miraba con los ojos bien abiertos y las manos detrás de la espalda. Estaba muy atento a todo lo que se le decía, tenía la mente despierta y unas ganas de prosperar que le quemaban las entrañas.

                                                       ***

Consiguió mantenerse en el cortijo sin llamar demasiado la atención. Aunque en más de una ocasión había habido que subir a La Carolina por algún encargo. Él hasta entonces había logrado evitarlo. El viejo Matías ya había intentado que lo acompañara alguna vez, pero siempre sin éxito.

La ciudad, por su parte, se había fortificado en los últimos meses. Se habían tapiado las bocacalles que daban al campo, dejando solo los accesos necesarios, en los que se habían instalado puertas con aspilleras. La Plaza Mayor, por su posición central, se había convertido en el punto neurálgico de defensa: desde allí se podían controlar todas las calles. Se temía que la facción del Orejita intentara una incursión por la provincia. En previsión, se reclamaron armas para la Guardia Urbana y, durante la noche, se cerraban todas las entradas. Solo se mantenía un acceso vigilado para permitir el paso de las reales diligencias, correos y postas, custodiado por un retén fijo de ocho hombres.

Aquel día, Matías no le dio opción:

—Hoy me acompañas a La Carolina, chaval.

Agustín intentó poner excusas, pero el viejo le cortó de inmediato:

—Han llegado unos sacos de semillas esta mañana y tengo que ir a recogerlos. No puedo con todo yo solo, así que vienes conmigo. No se hable más.

La Milicia Urbana se había unido a la Milicia Nacional y los hombres que patrullaban las calles podían tener referencias de Agustín. El muchacho caminaba con más miedo que vergüenza, procurando no llamar la atención. Pero cuanto más intentaba pasar desapercibido, más resonaban las voces de Matías, potentes y desinhibidas, como si quisiera anunciar su presencia a todo el pueblo.

—¡Agustín, ven pa’ ca’, ayúdame con esto!

—¡Agustín, ¿qué haces?! ¿Estás alelao’? ¡Que te he dicho que me ayudes!

Fue una mañana de verdadero calvario. Cada grito lo hacía encogerse un poco más, esperando que alguien lo reconociera o lo señalara. Pero con el paso de las horas, el joven entendió que bastante tenían aquellas gentes con los problemas que traían los que ellos llamaban facinerosos. Nadie se fijaba en él; nadie preguntaba.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, sintió un alivio profundo, casi físico, mientras pensaba:

«Creo que voy por buen camino para comenzar mi nueva vida».

***

El olor a sudor rancio, cuero y leña húmeda impregnaba la estancia. El cuarto de los gañanes no era más que una nave larga, con paredes encaladas y techumbre de vigas negras. Los camastros de esparto se alineaban junto a los muros, y cada uno de los hombres allí tumbados había traído su propia manta, su saco de tela o su jergón de paja. En el rincón opuesto a la puerta, una vela temblaba en el cuello de una botella, lanzando sombras largas contra el techo. Afuera, los grillos marcaban el compás del silencio. Durante la recolección de la aceituna solían dormir hacinados, pero ahora, para el inicio de la cosecha de cereales tempranos, se permitía que corriera algo de aire entre cuerpo y cuerpo.

Agustín no podía dormir.

No era el único despierto, pero sí el único que mantenía los ojos clavados en las vigas, inmóvil. A su lado, un hombre roncaba con la boca abierta, mientras otro mascullaba en sueños. Uno más se removía, buscando acomodo sobre el jergón que chirriaba con cada movimiento. El calor era espeso y le dolía todo el cuerpo, pero lo que le impedía cerrar los ojos era otra cosa.

Doña Tomasa.

La deseaba por lo que ella representaba.

Una viuda dueña de un cortijo, con tierras que rendían lo justo para no depender de nadie, con una hija pequeña y sin hombre a su lado. No era joven, cierto, pero tampoco vieja. Tenía una mirada directa y la voz de quien está acostumbrada a mandar. Eso, en una mujer, era tan raro como valioso.

«Una mujer así no se queda sola mucho tiempo», pensó Agustín. «Y si supiera ganármela, quizás yo podría dejar de dormir en este suelo en menos de un año».

Recordó cómo lo había mirado aquella mañana, no con ternura, sino con algo parecido al cálculo. Y eso le gustaba.

Apretó los labios y cerró los ojos por fin, no para dormir, sino para soñar, en la oscuridad, con los primeros pasos de su futuro.

                                                    ***

Llevaba ya varios meses en el cortijo y había hecho grandes progresos con doña Tomasa. Ella no solo valoraba su trabajo —serio, constante, respetuoso—, sino que empezaba a ver con otros ojos ciertos gestos suyos. Gestos que al principio la habían desconcertado, pero que con el tiempo habían adquirido una dulzura casi cotidiana. Un roce de brazo al pasar por el umbral de la cocina, un acercamiento por detrás mientras la ayudaba a sujetar los cántaros en el acarreo, una mirada sostenida que no disimulaba el deseo, aunque tampoco lo imponía. Había en todo ello una mezcla de respeto y atrevimiento que la descolocaba, pero que no le desagradaba. Al contrario, se descubría, a veces, esperando el momento de cruzarse con él, de sentir ese calor cercano que hacía tiempo que nadie le ofrecía.

Cuando llegaban las horas frescas de la tarde y la faena empezaba a dar tregua, doña Tomasa solía sentarse a la sombra del emparrado, junto al brocal del pozo, a desgranar habas, remendar alguna pieza o simplemente a descansar con la vista puesta en los olivos.

El patio central, presidido por un porche de estructura elaborada con arcos y columnas, era un elemento esencial en los cortijos andaluces. Gracias a su techo, que proyectaba sombra, se podía disfrutar del exterior sin quedar expuestos al sol abrasador, especialmente durante las horas más calurosas del día. A menudo servía como espacio de encuentro familiar y social, ideal para compartir comidas, mantener largas conversaciones o simplemente descansar al aire libre.

 Era entonces cuando él se acercaba, sombrero en mano, y le pedía permiso para quedarse un rato en su compañía. Si notaba que ella tenía ganas de hablar, le lanzaba una de esas preguntas que abrían el pasado como una herida dulce:

—¿Cómo fue aquello de la repartición de suertes, doña Tomasa? ¿De dónde venía su familia?

A ella se le iluminaban los ojos. Hacía tiempo que nadie le preguntaba por esas cosas. Y como echaba tanto de menos a su padre —un hombre recio, de principios firmes, que no se dejaba torcer por nadie— y a su difunto esposo, que había sido su compañero en todo, aun siendo bastante mayor que ella, se le hacía fácil, y hasta dulce, evocar aquellas épocas.

Le contaba al muchacho cómo había sido la llegada de los Benavente desde tierras de Murcia, con lo poco que traían en el carro y la esperanza puesta en lo que el Rey les había prometido.

Él, sin quererlo, daba un respingo al oírlo, como si aquel dato despertara en su interior algo inesperado, tal vez incómodo, pero enseguida recobraba la compostura y volvía a prestar oído atento.

Le evocaba la memoria de los primeros colonos y de aquellos sorteos de tierras celebrados en la plaza, cuando se distribuían las suertes escribiendo en unos papeles los nombres de los pobladores y en otros la numeración de los lotes, que luego se depositaban en sacos separados para, al sacarlos al azar, unir a cada familia con su parcela. Eran relatos escuchados una y otra vez en boca de su padre.

 Del entusiasmo y el miedo que sentían al saberse dueños de algo propio, aunque fuera todavía monte cerrado o pedregal sin roturar. Evocaba las penurias de los primeros inviernos, cuando la escarcha entraba por los resquicios de las techumbres y había que calentarse con braseros y paciencia. Las riñas por los lindes eran frecuentes, claro, pero también las ayudas entre vecinos, los préstamos de simiente, las faenas compartidas en tiempo de siega o de vendimia.

—Mi madre decía que las casas eran iguales, pero cada uno “las volvía” distintas según su manera de vivir —le decía, mientras desgranaba habas con ritmo lento—. Unos hacían corral para las cabras, otros, un telar en el sobrado, y los más pobres, lo que tenían era un trozo de tierra pelada y ganas de trabajarla.

El muchacho la escuchaba con respeto; cada palabra dicha por ella era tradición oral del lugar donde iba a comenzar su nueva vida. A veces asentía, a veces preguntaba algo más y otras solo la miraba, con ese brillo en los ojos que ella fingía no notar, aunque ya se había acostumbrado a sentirlo sobre sí.

—Mi padre decía que aquí no veníamos a hacernos ricos, sino a tener dignidad. Y eso no se pesa en arrobas —añadía con orgullo—. Éramos pocos, pero todos sabíamos quién era quién. Y aunque hubo envidias, también hubo bodas, bautizos y socorros en las desgracias. Como en todas partes.

Entonces le hablaba de la Posada de Postas, del primer horno de pan comunal. Recordaba también las visitas del gobernador, las rogativas cuando hubo sequía, y el jolgorio del día de San Juan, cuando se encendían hogueras en la calle Real y hasta los más serios se permitían bailar, cada uno lo suyo.

Él, en silencio, iba hilando esas escenas en su mente, como si las estuviera viendo por un ventanuco del tiempo. No la interrumpía. Había aprendido que en el modo en que ella contaba las cosas —con pausas largas, con desvíos de un recuerdo a otro— estaba también lo que no se decía: la ausencia de los suyos, la melancolía de una vida que ya no volvería y la rara satisfacción de ser superviviente a otros tiempos y otras gentes.

Y aunque no lo confesara, a él le conmovía eso tanto como la calidez de su voz o el olor a romero que emanaba de su delantal.

Hablar de todo aquello le hacía bien. Era como desempolvar una parte de sí misma que creía olvidada, y el muchacho, sin saberlo, la ayudaba a reencontrarse con la mujer que había sido.

Él escuchaba con una atención que no fingía. En el brillo de sus ojos se adivinaba un interés genuino, casi reverencial, por aquella historia que parecía brotar del alma misma del cortijo. Y en ese intercambio de recuerdos y silencios, en esa intimidad nacida sin prisas, se fue tejiendo entre ellos un lazo invisible. A ella le gustaba sentirse escuchada. A él, en cambio, le bastaba con estar cerca; la veía sonreír al recordar a su gente y pensaba:

 «Me casaré contigo».

Aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta, algo se estaba abriendo paso entre las grietas del pasado y las faenas del día a día. Algo nuevo, inesperado y peligroso.

                                                            ***

Una de esas muchas noches de contar historias se hizo más larga de lo habitual. El calor del día ya se había disipado y quedaba en el aire esa frescura tibia que invita a no irse aún, a quedarse un poco más. Ella había terminado de desgranar las últimas habas y había permanecido en silencio, mirando el cielo oscuro, como si buscara entre las estrellas algún rostro del pasado. Él no se movía. Estaba muy cerca de ella, tanto que podía oír su respiración pausada y ver cómo la luz de la lámpara le dibujaba sombras suaves en el cuello.

Durante un rato no hablaron. No hacía falta. Y entonces él, sin apartar la mirada, se atrevió. Le cogió la mano con delicadeza —como si fuera algo sagrado o frágil— y se la llevó a los labios. No fue un beso rápido ni tembloroso, sino lento, como quien quiere agradecer algo sin palabras. Ella no retiró la mano. Al contrario, le miró con ternura, con una mezcla de sorpresa, dulzura y una emoción que llevaba tiempo dormida.

Y entonces ocurrió lo que se venía gestando desde hacía semanas, tal vez meses. Lo inevitable. Se besaron.

Fue un beso contenido y hondo, más lleno de significado que de urgencia, aunque ella, al entregarse, dejara asomar un deseo antiguo, insatisfecho, que le nacía del centro del pecho y se le subía a los labios con una tibieza que no recordaba desde hacía años. Él la besó como quien sostiene una fruta madura entre las manos: con cuidado, con asombro, temiendo que al tratarla bruscamente se le deshiciera.

Nada se dijo después. Solo se quedaron un momento así, en esa penumbra cómplice, con los cuerpos apenas rozándose y los pensamientos corriendo más deprisa que las palabras. Tomasa cerró los ojos y respiró hondo, como quien acepta algo que no tenía previsto, pero tampoco quiere rechazar. Él la miró de nuevo, buscando en su rostro alguna señal de arrepentimiento, pero no la encontró; lo que sí creyó ver fue satisfacción.

Y aunque ambos sabían que, desde esa noche, algo cambiaría entre ellos, ninguno quiso ponerle nombre todavía.

                                                    ***

No hubo petición formal. Una tarde, mientras recogían los membrillos que caían maduros del árbol del corral, él le preguntó, con esa mezcla de timidez y determinación que ella ya le conocía:

—¿Y si nos casamos, Tomasa? ¿Te gustaría?

Ella le miró con calma, como si la pregunta no la sorprendiera, aunque en el fondo le temblara algo por dentro.

—Sí —respondió simplemente. Me gustaría.

Todo fue muy sencillo. Lo formalizaron en la capilla de San Juan de la Cruz, un domingo claro, sin alarde ni convite, como quien hace algo natural y profundo, sin necesidad de adornos. Solo estuvieron los más cercanos.  Algún vecino del cortijo, una amiga de juventud, y, en particular, su hijastra, la hija de su primer esposo, Catalina Clapes, ya una mujer casada, madre de familia, pero unida a ella por un vínculo que iba más allá de la sangre. Entre ambas había crecido una amistad que parecía inquebrantable, tejida en años de confidencias, de dolores compartidos, de silencios cómplices. Aquella hija, que tenía la misma edad que ella, había sido una hermana y ahora, tal vez, la única persona capaz de entender en toda su hondura lo que significaba para Tomasa dar ese paso.

La ceremonia fue breve. El cura habló poco y con respeto. No hubo músicos ni flores ni banquete. Pero sí una paz honda en los rostros de ambos y una alegría contenida en el de Agustín. Después, al salir de la capilla, él le cogió la mano con naturalidad, como si llevara años haciéndolo, y ella no la apartó.

Nadie pronunció discursos ni brindis, pero a su modo, fue un día feliz.


[1] En el contexto de las Guerras Carlistas (siglo XIX en España), los liberales solían usar el término "facinerosos" para referirse de forma despectiva a los carlistas, que sí eran los seguidores de Carlos María Isidro de Borbón.

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