Leer "La esposa de Don José"


PRÓLOGO

 

 

Aldea de La Isabela, La Carolina, junio de 1887

Doña Concepción Risoto tenía sesenta y siete años y se hallaba postrada en cama con un severo cuadro de neumonía; según su médico, don Agustín, su final estaba próximo.

Una madrugada, en sus últimos días, abrió los ojos con la mirada perdida, asegurando estar acompañada por familiares y vecinos, todos ellos fallecidos hacía mucho tiempo, quienes, según insinuaba, habían venido a guiarla en su último viaje.

En la cabecera de su cama, como cada noche, su hija María Ana vigilaba atentamente sus mínimas necesidades. En la quietud del cuarto, cuando su madre comenzó a tener visiones, intentó que volviera en sí y, al no lograrlo, salió del dormitorio como alma que lleva el diablo, buscando el amparo de otro ser vivo.

Para la anciana, lo que estaba viviendo era muy real; su pensamiento despertaba del sopor en el que había estado sumida en los últimos días.

 Sentía paz interior y pensó:

«¿Habré muerto y estoy junto al Altísimo?».

Su mente reconstruía imágenes en las que los recuerdos se agolpaban, iniciándose en una tarde de hace mucho tiempo, cuando su madre la llevó a conocer a José III.

 

 

 

 


 

 

 

 

Primera parte


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1. La infancia

 

Carboneros, 1826

Mariana, la madre de Conchita, andaba en dirección al pueblo; estaba embarazada de su tercer hijo y el intenso calor de las tardes de verano, junto a su avanzado estado de gestación, le dificultaba caminar.

Era una mujer regordeta, de piel blanca que enseguida se enrojecía a causa del sol. Tenía el pelo del color del trigo maduro y unos ojos de un azul intenso. Su familia había emigrado a esta tierra procedente de Centroeuropa[1], aunque ella había nacido en Carboneros.

—Tendría que estar haciendo la siesta —comentó Mariana a sus dos hijos que la acompañaban, antes de seguir diciendo—.

—Pero si no voy ahora, no tendré otra oportunidad en los próximos días de visitar a doña Joaquina.

Sus hijos iban pensando en sus cosas y, si la escucharon, no lo demostraron.

Carboneros contaba, entonces, con una única calle principal que terminaba en una plaza elíptica.

Al llegar a la vivienda, sintieron el frescor que salía del interior y la madre se dirigió directamente a la cocina, seguida de los chiquillos, quienes intentaban no hacer ruido mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad.

Al fondo de la estancia, divisaron a una joven que se sobresaltó al verlos y, mientras se acercaba, se secaba las manos en un paño.

Conchita reflexionó:

«¡Es una persona mayor! Yo pensaba que los nietos de doña Joaquina eran pequeños».

—¡Hola! —dijo Joaquina Graus. —Soy la nieta de la señora.

La joven tenía unos quince años, era menudita y llevaba el pelo castaño recogido en un moño; parecía mayor de lo que era.

—Tú debes ser Mariana y estos, tus hijos, Conchita y Juan. Mi abuela os está esperando; se pondrá muy contenta de veros. Voy a avisarla enseguida.

Nada más salir la nieta, aparecieron en la puerta dos niños; tenían el pelo moreno y la piel aceitunada; se parecían a dos gotas de agua; la única diferencia a primera vista era su edad.

Los cuatro niños intercambiaron miradas llenas de curiosidad, pero pronto regresó Joaquina Graus con el recado de que la abuela recibiría a Mariana a solas. Acompañándola hasta el cuarto, llamó a la puerta y dijo:

—Abuela, ¿me da su permiso?

—Pasad, pasad, me alegro de verte, Mariana —contestó la anciana, que se encontraba acomodada en una mesita junto a la ventana. Luego, pidiéndole a la visitante que se sentara a su lado, comenzaron a charlar.

Doña Joaquina era mayor de sesenta años, con el cabello completamente blanco, delgada y con muchas arrugas; había dejado el Reino de Valencia hacía muchos años junto a su primer esposo, Joseph Graus.

Al quedarse viuda, decidió casarse con José Muela, quien le pareció, en esa época, un excelente partido.

Cuando Mariana entró a servir en su casa, la señora necesitó su ayuda para integrarse en la población, que era muy conservadora y dada a las habladurías.

 Los convecinos se dedicaban a espiar a los forasteros, pero sobre todo a las forasteras; si la mujer hubiera aparecido con muchos humos o con manías de grandeza, no habrían tardado en hablar de ella, acusándola de entrometerse en los negocios del marido y enredándola en sus chismorreos.

Con estos comienzos y a pesar de ser tan distintas, se forjó una amistad que supieron mantener con el paso de los años.

La anciana, sirviéndole un vaso de limonada, le explicó a Mariana el motivo de haberla hecho llamar; quería informarle de la decisión que había tomado, que iba a ser trascendental para todos.

 

 

Conchita se había quedado en la cocina con el resto de los niños y, al volver, la nieta de doña Joaquina les dijo:

—Salid todos a jugar.

José III, el mayor de los hermanos, que atravesaba una etapa de rebeldía y no acostumbraba a jugar con niñas, protestó ante su hermana. Pero ella, que ejercía de madre, le miró severamente y él, agachando la cabeza, salió de la estancia.

Detrás, en fila y por edades, salieron Conchita, Antonio y, el último, Juan.

Ya en la calle, José III, apartando a su hermano del grupo y mirándole fijamente, le preguntó:

—¿Nos quitamos a estos mocosos de encima?

—Les decimos que vamos a cazar gamusinos, les entretenemos, salimos corriendo y les abandonamos.

Su hermano Antonio, que era su sombra y siempre estaba de acuerdo en todo lo que decía, asintió con la cabeza.

Mientras Conchita, que nunca había oído hablar de los gamusinos y era muy inocente, se dejó llevar a unos arbustos de zarza que se encontraban al inicio del camino del Acebuchar.

El niño mayor señalaba las zarzas mientras decía:

—¡Ahí, seguro que ahí hay madrigueras!

Así que la niña y su hermano se agacharon para buscarlas y, poniendo las manos en el arbusto, terminaron arañados y sangrando. Ella, intentando consolar a Juan, le cogió de la mano con cuidado de no lastimarle y volvieron hacia la casa.

Los dos muchachos mayores, que habían sido más rápidos al salir corriendo, ya estaban en la entrada de la vivienda. Entretanto, la madre de Conchita y Juan —con gesto inquieto— y la hermana de José III y Antonio, que también los buscaba, aparecieron por la puerta y se quedaron mirando sorprendidas la escena.

Mariana, al fijarse en la cara llorosa de Juan y en las manos de ambos, vio los hilos de sangre que brotaban de los arañazos y se dirigió a su hija con reproche:

—¡Conchita! ¿Qué habéis hecho?

Ella, tras mirar a José III, se volvió hacia su madre y respondió:

—Madre, no nos regañes. Hemos sido torpes: Juan tropezó y cayó en la zarza que hay al comienzo del camino, y yo, intentando ayudarle, también me he lastimado.

Su hermano abrió la boca para protestar, pero ella, que le tenía cogido de la mano, le pegó un pellizco para que la cerrara inmediatamente.

José III, más tarde, se arrepentiría del daño causado a los hijos de Mariana. Su actitud, había pensado él, era culpa de su abuela y su hermana, que le habían impuesto el jugar con esos críos. Aunque lo que pretendía era llamar la atención y rebelarse contra los cambios que se estaban produciendo en su vida.

                                                         

 

              Aldea de la Isabela, 1818

 El día que nació José III, su abuela doña Joaquina lo tomó en brazos y, alzándolo, dijo:

 —Se llamará José, como se llamaron su abuelo y su padre antes que él.

Su madre, María de los Ángeles Feliciana Rodríguez, mujer enfermiza, no tuvo nada que decir, como tampoco lo había dicho con el nacimiento de su hermana Joaquina Graus, ni le daría tiempo a decirlo con su hermano Antonio, al fallecer durante el parto.

Unos años después, tras la muerte de su padre José II, su abuela, sin pensárselo dos veces, aceptó la tutela y custodia de los tres hermanos, llevándoselos a vivir con ella a Carboneros.

 

 

Para limpiar su conciencia, José III comenzó a ir a la aldea del Acebuchar todas las tardes, a ver si con suerte coincidía con Conchita. Primero dio vueltas por la calle, llevando siempre a su incondicional Antonio detrás, pero como después de unos días seguía sin verla, se atrevió a llamar a la puerta y, abriéndose esta lentamente, apareció la niña ante él.

Conchita, sorprendida y con una sonrisa, le dijo:

—¿Qué haces aquí?

Y él, sintiéndose un poco ridículo y armándose de valor, le contestó:

—Quería disculparme por mi actitud del otro día, no sé por qué lo hice.

Conchita no dijo nada y él siguió hablando:

 —Además, me gustaría saber, ¿por qué no explicaste lo que realmente ocurrió?

Ella se pensó la respuesta antes de contestar:

—Porque quiero que seamos amigos.

Mientras se lo decía, recordaba los pensamientos que rondaban por su cabeza antes de conocerlos:

«¡Qué emoción! Voy a tener nuevos amigos y, encima, vienen de la capital y, además, van a la escuela. ¡Seguro que aprendo mucho de ellos!»

Pero él le dijo, entre risas:

—Niña, no podemos ser amigos. Tú eres una chica y yo, un chico. ¿A qué jugaríamos, a las casitas?

Y siguió riéndose, mientras continuaba diciendo:

—Los niños se fabrican sus propios juguetes, y las niñas, como tú, juegan con muñecas.

Conchita, con voz firme y mirándole muy seriamente, añadió:

—Mañana, después de la siesta, nos reunimos en el camino del Acebuchar; pero esta vez, junto a la higuera. No volveré a comer moras en mi vida.

Y le cerró la puerta en las narices.

 

 

 

 Al cumplir Conchita seis años, solicitó a sus padres autorización para asistir a la escuela. A ella le interesaba todo lo que la rodeaba y sabía que allí los niños aprendían a leer, a escribir y sobre lugares lejanos.

 El Imperio Austriaco, solo el nombre daba miedo; era un lugar del que su abuela Margarita le había hablado, y ella sabía que estaba más allá de La Carolina y de las montañas de Despeñaperros.

La educación en las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena reflejaba un esfuerzo por mejorar la sociedad a través de la instrucción y la formación de sus jóvenes, aunque las niñas aún enfrentaban limitaciones en comparación con sus compañeros varones.

Su madre le dijo:

—Conchita, no es necesario que las niñas se eduquen en leer y escribir, pero menos todavía que aprendan de lugares que posiblemente nunca visitarán. Además, la cigüeña llegará pronto y viene con otro hermano y no vas a desperdiciar tu tiempo con tareas inútiles.

Su padre le dijo:

—Conchita, tú serás la esposa de un propietario campesino, ¿para qué vas a necesitar asistir a la escuela? Las cuentas básicas para llevar una casa ya se encargará tu madre de enseñártelas.

Las tareas domésticas que realizaba la madre de Conchita le ocupaban la mayoría de la jornada, pero iban más allá de mantener la casa y las ropas limpias o de preparar la comida. También tenía que ayudar a su marido en muchas otras labores.

 

 

 

 

En los años que siguieron, los niños permanecieron inseparables; el pueblo se inmiscuía y malmetía, asegurando que una señorita no jugaba con muchachos.

Sus padres no se ponían de acuerdo en si era o no apropiado, ya que, siendo sus compañeros de juegos los nietos de doña Joaquina, se podía hacer una excepción. Además, su hija en aquellos años no entendía de convenciones sociales.

Así que lo dejaron pasar, mientras ella, sin prestar atención a los comentarios, disfrutaba de sus años de libertad. Siempre acompañada por José III, Antonio, Juan y, más tarde, su hermano Roque, trepaba, corría y se mojaba en los numerosos arroyos de la zona.

En más de una ocasión, recibieron una severa reprimenda por aparecer con la ropa hecha jirones.

 

 

Cuando Conchita cumplió diez años, comenzó a ir tres tardes por semana a casa de doña Joaquina; la anciana cada vez necesitaba más ayuda y compañía. Su nieta Joaquina Graus se había casado con un apuesto joven al cumplir los dieciocho y se había ido a vivir a La Aldea Fernandina.

Los ratos que pasaban juntas comenzaron a convertirse en momentos muy esperados.

La anciana recordaba con más claridad lo vivido hacía veinte años que lo acontecido el día anterior.

Solía contarle anécdotas de su juventud y de los años pasados con sus hijos y su esposo, Joseph Graus.

La anciana hablaba y Conchita escuchaba.

 

 

 Reino de Valencia, 1780

Doña Joaquina y su marido eran muy jóvenes cuando contrajeron matrimonio.

Una vez al mes, solían acudir al mercado del pueblo costero más cercano, donde intentaban vender el poco sobrante de la cosecha.

Un día, acercándose un muchacho, tomó una naranja del puesto y les dijo:

—Signora, quanto costa l'arancia?[2]

Ella, entendiéndole por la seña que hacía, sacó tres dedos de su mano derecha y le respondió:

—Tres maravedís, joven.

  El muchacho tomó las monedas de una bolsita de cuero que llevaba colgada en el cinto y, mientras se las entregaba, le preguntó:

 —Devo andare in Andalusia. Potresti indicarmi dove posso prendere un passaggio?[3]

El matrimonio no entendía al zagal, pero cerca de su puesto se encontraba un marinero que había descendido de un barco recién llegado.

—¡Buen hombre! ¿Uste’ entiende a este joven?

El individuo, aproximándose, comenzó a conversar con el muchacho, en su lengua materna.

Al poco rato, volviéndose hacía la pareja, les informó:

—Este joven necesita ir a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. El barco en el que viajaba tenía que haber atracado en el puerto de Valencia, donde había acordado un transporte hasta Santa Elena. Ahora está desorientado, en un país extranjero, y quería saber si podrían ayudarle.

Y el joven siguió hablando acaloradamente mientras proseguía su relato, contando que el rey[4] había concedido tierras, casas, aperos de labranza y ganado a colonos que deseasen asentarse en la zona del Camino Real. Sus hermanos mayores habían sido dotados con una suerte[5] en la población de Aldeaquemada y le habían mandado llamar para que les ayudase con la faena.

La mujer reflexionó sobre todo aquello, intercambió una mirada de entendimiento con su esposo, y él asintió en señal de aprobación a lo que estaban a punto de comenzar.

El matrimonio vendió las pertenencias que no pudieron llevar consigo y, junto a Giuseppe[6] Rissotto, natural de la Liguria[7], dio un primer paso, un breve paso para el viaje, pero grande para el resto de sus vidas.

Giuseppe se separó del grupo para seguir su ruta hacia Aldeaquemada. Y la pareja continuó a La Carolina, capital de las Nuevas Poblaciones y de su nueva vida.

 

 

Mientras avanzaban por el camino, la brisa primaveral arrastraba el aroma a tierra húmeda y a campos recién cultivados. Iban contemplando el horizonte, donde las casitas blancas se alineaban con pulcra simetría, como un reflejo de la planificación ilustrada que dio origen a la ciudad.

A medida que se acercaban, observaban cómo la vida bullía en la incipiente pero vibrante comunidad. Los campesinos intercambiaban saludos mientras marchaban a sus campos. Un grupo de niños correteaba por la plaza, lanzándose una pelota fabricada de trapos viejos y jugando con despreocupación, mientras en el mercado las mujeres regateaban por un justo precio en las telas y quesos que habían llegado de tierras cercanas.

La lengua aquí era variada, apreciaba doña Joaquina; era la mezcla de los colonos extranjeros que, desde hacía más de una década, poblaban estas tierras con sueños de prosperidad.

 Se detuvieron en la posada de carruajes, de gruesos muros encalados y puerta de madera robusta, instalándose en una mesa junto a la chimenea.

Haciendo un gesto para ser vistos por el posadero, esperaron a que se acercara. Cuando el hombre estuvo junto a ellos, le pidieron dos vasos de vino y una ración de migas con torreznos.

Se escuchaban conversaciones sobre las cosechas, las últimas noticias llegadas desde Jaén y los rumores de la sentencia condenatoria a don Pablo de Olavide[8].

Al caer la tarde, subieron a una colina situada al norte del municipio, desde donde contemplaron la ciudad bañada por la luz del ocaso.

Ella se quedó mirando fijamente el horizonte, mientras comentaba a Joseph con una sonrisa:

—Esta ciudad es una mezcla del esfuerzo y la esperanza de sus gentes.

A la mañana siguiente, emprendieron el camino hacia el majestuoso palacio del intendente. La mañana era fresca y el sol apenas comenzaba a asomarse sobre las colinas, bañando la calle de luz dorada. Con cada paso, sus corazones latían con una mezcla de nerviosismo y determinación.

Al llegar al palacio, se encontraron con una imponente estructura de piedra, con amplias puertas de madera tallada. Entraron con respeto y se dirigieron a la sala de espera, donde otros colonos también aguardaban su turno.

Los días pasaban sin que los recibieran, así que el matrimonio tuvo que regresar varias veces, cada vez con más ansias de ser atendido. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, un secretario los llamó. Era un hombre de mediana edad, con una mirada aguda y un aire de autoridad.

—Buenos días —dijo el secretario, mientras revisaba unos documentos. —Veo que quieren solicitar una suerte.

Joseph y doña Joaquina asintieron, sintiendo que por fin estaban cerca de su objetivo.

—Las condiciones son claras —continuó el secretario. —Se les dará una parcela de igual medida que a los extranjeros. Se les transferirá el dominio y aprovechamiento de dichas tierras para ustedes y sus sucesores bajo las siguientes condiciones: deberán pagar lo mismo que los colonos extranjeros, labrar a pasto y labor sembrando cereales, residir con toda su familia y cercar la finca con tapia o vallado, etc.

Con un suspiro de alivio, el matrimonio aceptó las condiciones. Sabían que el futuro sería arduo, pero estaban dispuestos a enfrentarlo juntos. Salieron del palacio con esperanza, preparados para comenzar su nueva vida en el tercer departamento de La Carolina, que más tarde se renombraría como la aldea de la Isabela.

 

 

Doña Joaquina prestaba a la niña tanta atención como sus quehaceres le permitían. La estaba instruyendo en cómo llevar una casa, en las reglas sociales y en cómo debía interesarse y aconsejar en los negocios a su esposo, aunque ella con José Muela había fracasado.

Le contó cómo su relación con su segundo esposo se había ido deteriorando con el paso del tiempo y una de las causas había sido el poco acierto que tenía el hombre administrando los negocios y las tierras. Además, siendo una persona de carácter soberbio y patriarcal, no consentía que ella le aconsejara.

Le confesó la verdadera razón por la que se había casado: no fue el amor quien la llevó al altar, sino el miedo a la soledad.

—La soledad no deseada es dura, y nadie tiene fuerza para soportarla eternamente.

El patrimonio de doña Joaquina se componía de los bienes que llevó como dote, los cuales estaban bajo la administración de su esposo y no podía vender sin su consentimiento. También tenía propiedades heredadas sobre las que ejercía mayor control, aunque, incluso para venderlas, debía solicitar la venia y licencia marital conforme a lo establecido en la Ley 55 de Toro[9].

Este procedimiento requería que la solicitud fuera presentada, concedida y aceptada en presencia de un juez o notario.

La mujer dejó constancia escrita de la pésima administración del esposo en su testamento: “…Cuando casé con José Muela, entré al matrimonio como unos setenta mil reales, en casas, olivas y viñas, lo que hoy no valen por haber ido a menoscabo con motivo de los tiempos, pero es mi voluntad que al dicho marido no se le moleste en cosa, por cuanto no es culpable en dicho deterioro y debe sacar libremente lo mandado[10] que le hago y trescientos reales que entró en el matrimonio… Mando por vía de legado a José Muela, mi marido, medio quiñón de olivas que tengo en el quinto departamento de esta capital... de dos fanegas de tierra, por lo mucho que lo estimo y por su buen proceder... Es mi voluntad que José Muela, mi marido, siga en la tutoría y curaduría de mis dos nietos Antonio y José Graus y, por consiguiente, le nombro, por lo que a mí toca, igualmente por tutor y curador de los referidos y le relevo de fianzas[11]…”

 Aunque Conchita era aún una niña, le resultaba extraño que, si su marido no era un administrador competente, se le confiara la gestión de las finanzas de sus nietos. Sin embargo, la anciana le explicó que los chicos necesitaban a alguien con edad, autoridad y poder para protegerlos, y en las circunstancias actuales, él era el más indicado, por no decir el único.

Al igual que su mujer, José Muela disfrutaba comerciando con mercaderías, pero nunca tuvo el buen hacer en los negocios que tenía su esposa.

 

 

 Una tarde, estando ya la anciana muy delicada de salud, mandó llamar a Concha. Ella, preocupada, se pasó el chal por los hombros y, saliendo de su casa, aceleró el paso con el corazón latiéndole apresuradamente, por un mal presentimiento.

Al entrar en la habitación de la señora, la joven se sorprendió: apenas hacía doce horas que la había visto.

La paciente estaba frágil, pesaba unos cuarenta y cinco kilos, tenía la piel amarillenta y su respiración era irregular. Acercándose a la cama, le tomó suavemente la mano, diciendo:

 —Doña Joaquina, soy Conchita. ¿Quería verme?

La mujer abrió los ojos y, acariciando la mano de la muchacha, le hizo una seña para que se sentara al borde de su cama. Y con esfuerzo, comenzó a hablar:

—Conchita, no creo que pase de esta noche.

—¡No diga eso, doña Joaquina! Se va a recuperar —le decía ella, con dos gruesas lágrimas cayéndole por las mejillas.

—No llores, hija, es ley de vida; quédate con los momentos compartidos y con las enseñanzas que te he inculcado.

Y la anciana añadió:

—La vida no siempre es justa, pero siempre enseña. Si alguna vez tienes dudas, recuerda lo que te dije de pequeña: sé valiente, sé buena y nunca te olvides de dónde vienes. Eso te sostendrá cuando yo ya no esté.

—Recuerdo como si hubiera acontecido ayer el día de tu nacimiento.

 

 

 

 

 

 Aldea del Acebuchar, 1820

Julián permanecía encorvado, rompiendo tierras duras con el azadón entre sus manos, labor que requería mucho esfuerzo, pero él no sufría por ello; su mente fantaseaba pensando en el inminente nacimiento de su hijo.

En eso estaba cuando escuchó voces que provenían del camino de la aldea. Se incorporó y vio a su suegro Matías haciéndole señas con las manos y gritándole:

—¡Deprisa, deprisa! ¡La Mariana está de parto!

Soltó la herramienta y se lanzó a correr todo lo que sus piernas y el calor del mediodía le permitieron. Cuando llegó a la casa estaba agitado y sudoroso. Mariana ya se encontraba aseada, con su frondosa melena trenzada reposando sobre su blanca camisa de dormir.

En esa habitación, junto a la madre de Mariana, estaba doña Joaquina, pero él, al entrar, no se percató de su presencia; solo veía a su esposa y a su hijo.

Mariana recordaría haberlo visto junto a su cama, con una expresión de felicidad en su rostro.

 Más tarde, le confesaría a su amiga que su vida giraba en torno a su esposo y que en ese momento había pensado:

 «¡El propósito de mi vida es hacerte feliz!»

 Él se le acercó, besándola en la frente y cogiendo al recién nacido; le dijo:

—¡Mariana! ¡me has dado un hijo! Mientras rememoraba la primera vez que la vio una tarde de primavera...

 

 

El viento fresco hacía llegar el aroma de los naranjales y se veían por aquí y por allá los mástiles pintados de colores, que asomaban con guirnaldas, flores y banderas.

 Julián y su padre José[12] estaban tratando de cerrar una compra de ovejas en la feria de ganado cuando las miradas de los jóvenes se encontraron.

 La vista de Julián coincidió con la de una moza lozana, con unos ojos azul cielo, un pelo del color del trigo maduro y la piel blanca como la nieve.

La vio tan preciosa y la sintió tan inexplicablemente inocente que, dirigiéndose a su padre, le dijo:

—¡Padre! Me quiero casar.

 

 

Conchita acomodó las almohadas y dio de beber a la anciana, mientras esta continuaba diciéndole sin preámbulos:

—Te quiero como a mi nieta —le dijo de sopetón—, y te casarás con mi nieto José III.

La niña no habló; no sabía qué decir. El nieto mayor de doña Joaquina era su amigo, su compañero de aventuras; se habían confesado sus secretos más íntimos. Le quería como a un familiar. Él conocía ese sentimiento de celos que ella experimentaba cuando su padre dedicaba tiempo a sus hermanos, solo por ser hombres…

Él había sido siempre su igual; no necesitaban hablar para entenderse; desde la primera vez que quedaron en la higuera, supo que sería su amigo y con él se sentía tan segura como con un padre, un hermano, pero nunca había pensado que como un marido.

—Doña Joaquina, no se fatigue, descanse —le dijo cariñosamente la joven.

La anciana alzó la mano pidiéndole silencio y continuó:

—Tu madre y yo lo acordamos el día que os conocisteis. Lo hemos mantenido en secreto durante estos años para que no os afectara en vuestra relación, pero ahora que me marcho, teníais que saberlo por mí. Mis nietos se quedarán en esta casa con mi marido, que asumirá su tutela hasta que José III cumpla su mayoría de edad; y en ese momento podréis casaros. No os va a faltar nada: mi nieto tiene la herencia de su padre, que fue la de su abuelo y que está en un fideicomiso, más todo lo que yo pueda dejarle, hasta que cumpla los veinticinco años.

Y así, después de este esfuerzo, dejó de hablar y, cerrando los párpados, dio un profundo suspiro; parecía que hubiera decidido quedarse dormida tras haber cumplido con su deber.

Conchita la agitó suavemente y, alzando un poco la voz, le dijo:

 —¿Se encuentra bien? ¿Doña Joaquina me oye?

Al notar que la anciana no respondía, avisó a su nieta Joaquina Graus, que estaba esperando en el pasillo.

Entre las dos, intentaron que la mujer volviera en sí, pero ya no recuperaría el sentido y fallecería unas horas más tarde en esa madrugada de un mes de mayo.

 

 

 

  

Concha interrogó a su madre, en cuanto las circunstancias se lo permitieron, diciéndole:

—No puedo creer que me hayas ocultado esto. ¿Por qué no me lo has contado?

Su madre, mirándola fijamente, le dijo:

—¿Qué querías que te dijera? No tenía otra opción; fue decisión de doña Joaquina. ¿No te hace feliz? —preguntó Mariana.

—Yo quiero mucho a José III, pero como a un hermano; no estoy enamorada de él —objetó la joven, mientras se consolaba pensando que aquella situación era un giro lógico del destino, en el que su opinión importaba poco.

Su madre siguió diciendo:

—El amor entre esposos llega con el tiempo. ¡Tú no sabes nada del amor conyugal! El roce hace el cariño y esa es la base del matrimonio feliz de verdad. Y prosiguió:

—Dicen que la pasión pasa pronto y, en cualquier caso, no es una buena base para la felicidad. En cuanto José III sea mayor de edad, os casaréis. El matrimonio es una lotería y nadie sabe si tiene un décimo premiado hasta que es demasiado tarde, pero vosotros ya lleváis la mitad de las papeletas. Tienes que ser agradecida por la decisión que se ha tomado en tu nombre.

 

 

Los meses que siguieron fueron, cuanto menos, inquietos para ella. Lo que más le afectó fue la partida de los hermanos Graus, incumpliendo así con la última voluntad de su abuela, y mientras los despedía, pensaba:

«Ahora se marchan, y me quedo sola; precisamente ahora, que es cuando más los necesito».

Y con ese sentimiento de tristeza por todo lo perdido, la niñez de Concha dio paso a su juventud.



[7] Liguria es una región de Italia situada entre el mar de Liguria, los Alpes y los Apeninos. Su capital es Génova.

 

[8] Caballero de la orden de Santiago, de pensamiento ilustrado. En 1767 Carlos III le nombró superintendente de Nuevas Poblaciones, siendo el encargado de desarrollar con éxito la colonización en despoblados de Sierra Morena.

[11] Testamento literal de Joaquina González (ver documento 1 en la carpeta online)

[12] Giuseppe en italiano, emigrado de la Liguria (Génova)

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Comentarios

  1. Felicidades por tu trabajo en el que muchos descendientes de colonos nos vemos reflejados. Un saludo “Pentabuelos”

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