PRÓLOGO Aldea de La Isabela, La Carolina, junio de 1887 Doña Concepción Risoto tenía sesenta y siete años y se hallaba postrada en cama con un severo cuadro de neumonía; según su médico, don Agustín, su final estaba próximo. Una madrugada, en sus últimos días, abrió los ojos con la mirada perdida, asegurando estar acompañada por familiares y vecinos, todos ellos fallecidos hacía mucho tiempo, quienes, según insinuaba, habían venido a guiarla en su último viaje. En la cabecera de su cama, como cada noche, su hija María Ana vigilaba atentamente sus mínimas necesidades. En la quietud del cuarto, cuando su madre comenzó a tener visiones, intentó que volviera en sí y, al no lograrlo, salió del dormitorio como alma que lleva el diablo, buscando el amparo de otro ser vivo. Para la anciana, lo que estaba viviendo era muy real; su pensamiento despertaba del sopor en el que había estado sumida en los últimos días. Sentía paz interior y pensó: «¿Habré muerto y estoy junto al Al...
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