Presentación en Carboneros de "La esposa de Don José" 03-08-2025
Buenas tardes:
Me presento: soy María
del Carmen Sánchez Rincón, y estoy muy emocionada de estar hoy aquí con
ustedes.
Lo primero es pedirles
perdón, de antemano, por los posibles errores que pueda contener la edición
impresa del libro. Aparte de escribirlo, lo he editado, generado la portada con
IA y he utilizado la plataforma de Amazon, que tiene muchas limitaciones, pues
simplemente imprime lo que se le envía en un formato muy rígido.
Quizá con el próximo
libro pueda permitirme un editor, pero este primero, que nació por placer como
una forma de autoayuda y que más tarde me animé a publicar, así tendrá que
quedarse.
También quiero
confesarles que, hasta hace cuatro años, yo no conocía Carboneros. Habré viajado
infinidad de veces por la Nacional IV, pero siempre, al pasar Despeñaperros, decíamos:
“¡Mira, La Carolina!” … Y ahí nos quedábamos hablando de esto y de aquello
mientras Carboneros pasaba desapercibido.
Antes de empezar con
esta aventura genealógica en 2022, había visitado estas tierras en solo dos
ocasiones, y en ambas íbamos de paso hacia otro lugar.
Si decidimos parar, fue
para que mi padre nos mostrara lugares y recuerdos de su infancia, dónde había
nacido, su casa familiar… e, improvisando, incluso una vez llegamos a llamar a
la puerta de algún pariente. Todo muy superficial, con poco sentido para
nosotros, más allá de la anécdota.
Ustedes se preguntarán,
igual como me lo pregunté yo al comenzar esta aventura, por qué ese desapego a
su pueblo y a sus orígenes. Bueno, eso se desvelará en el tercer libro si
deciden seguir leyendo conmigo; lo descubriremos juntos.
Pero sí quería
contarles que mi padre siempre quiso ser enterrado con la bandera de Andalucía,
y así lo hicimos. En sus últimos años de vida, ya muy delicado de salud, apenas
salía de casa, pero si le preguntabas por su infancia y juventud, te decía:
“Cuando llegué a Madrid, en el 44, tenía trece años…”, y otras veces me pedía:
“Enséñame en el teléfono fotos de mi pueblo…”
Qué pena que entonces
no supiera tanto como sé ahora sobre mis raíces, sobre las Nuevas Poblaciones,
sobre la minería… Habríamos podido contarnos tantas cosas mutuamente.
Posiblemente yo sepa
ahora más que él mismo. Ellos no hablaban mucho de su vida aquí. Mi abuela solo
decía, con mucho orgullo, que era descendiente de alemanes, porque así se lo
había dicho su madre.
Cuando recogimos las
pertenencias de mi padre, tras su fallecimiento, entre sus cosas aparecieron
partidas de nacimiento expedidas en La Carolina, la cartilla militar de su
padre (mi abuelo), la última cartilla de racionamiento, etc.
Y yo, que soy como él:
me gusta guardarlo todo y dar a la historia y a los objetos antiguos —que no
viejos— el valor y el lugar que merecen, empecé por ahí; quería saber quién era
y de dónde venía.
Para no aburrirles más, ni ponerme
demasiado sensiblera, les contaré cómo nació este libro.
Empezó con una maraña
de nombres, conexiones y personas a las que fui dando rostro y entendiendo
quién era quién. Parecía un juego de mesa. Y hubo dos que me llamaron
especialmente la atención.
Una fue doña Concepción
Risoto Prigman —o Pritman, o Fritman—; lo he encontrado escrito de muchas
formas. Ella aparecía, tanto sola con la venia de su marido, como junto a él, en
muchas escrituras de compraventa y permuta. Eso me llamó la atención, porque no
era habitual que una mujer apareciera tan activamente en documentos notariales
de la época. Y se lo digo yo, que he revisado más de… —No les voy a decir la
cifra porque no la sé ni yo. —Lo dejaremos en unos cuantos microfilms en una
plataforma de mormones estadounidenses, que tiene por nombre FamilySearch,
donde recopilan y conservan registros genealógicos de todo el mundo, negociando
el escaneo con ayuntamientos, archivos históricos y diocesanos.
Además, tanto en
testamentos como en partidas de bautismo de muchos de sus allegados, doña
Concepción y su esposo aparecían como padrinos, tutores, curadores, partidores
de herencia o albaceas y eso los distinguía como personas respetadas y
queridas.
Luego estaba la foto.
La intrigante foto que ahora les enseñaré. Quienes ya han leído el libro, sabrán
que aparece al final.
Mi abuela guardaba una
caja metálica —sería de galletas— donde conservaba fotos antiguas. Vivió con
nosotros durante mis primeros años de vida, pero después se mudó con su hija y
se llevó parte de aquellas fotos. Cuando empezaron a popularizarse las nuevas
tecnologías, le pedí a mi tío que me escaneara fotos familiares y me las
enviara. Y entre las que me mandó había una señora vestida como Sissi. ¿Saben
quién era Sissi Emperatriz? Mi heroína de infancia…
La pena era que se
había perdido el conocimiento de quién era la dama de la fotografía, pero
después de tres años de investigación, todas las piezas encajaron y comprendí
que no podía ser otra más que ella.
No había ninguna otra señora,
en mi línea directa, con el poder adquisitivo suficiente como para haberse
hecho un daguerrotipo en aquella época, 1860 aproximadamente. La modelo y la
moda coincidían con su edad (40 años), y encajaba con el perfil de protagonismo
y autoridad. Tuvo que tomarse la foto en Jaén, donde se fundaron los primeros
estudios fotográficos en 1858, y tendría que haber sentido una gran curiosidad
por la magia de la luz.
¿Pero por qué la
conservaba mi abuela?
Desenmarañando toda
esta maraña —valga la redundancia—, descubrí el lazo de unión. Una nieta de la
dama era la madre de mi abuela. Por eso se conservó la fotografía: por cariño.
Lástima que el original se haya
perdido.
El otro familiar que me
llamó la atención se llamaba Agustín Ruiz, y es el protagonista de mi segundo
libro, ya comenzado, del que todavía no puedo contarles mucho más. Solo les
diré que fue un hombre que llegó a La Carolina aproximadamente en la época de
la abolición de los fueros y que hizo fortuna con su inteligencia, aun sin
saber leer ni escribir.
Espero, de todo
corazón, que disfruten tanto leyendo “La esposa de don José” como yo disfruté
escribiéndolo. Muchas gracias.
Comentarios
Publicar un comentario