Presentación en La Carolina "La esposa de Don José" 25-09-2025
Buenas tardes:
Soy María del Carmen Sánchez Rincón, y no se imaginan la
emoción que siento al estar hoy aquí con ustedes.
Pero sí quería contarles que mi padre nunca se olvidó de
sus orígenes, siempre quiso ser enterrado con la bandera de Andalucía, y así lo
hicimos. En sus últimos años de vida, ya muy delicado de salud, apenas salía de
casa, pero si le preguntabas por su infancia y juventud, te decía: “Cuando
llegué a Madrid, en el 44, tenía trece años…”, y otras veces me pedía:
“Enséñame en el teléfono fotos de mi pueblo…”
Qué pena que entonces no supiera tanto como sé ahora sobre
mis raíces, sobre las Nuevas Poblaciones, sobre la minería… Habríamos podido
contarnos tantas cosas mutuamente.
Posiblemente yo sepa ahora más que él mismo. Ellos no
hablaban mucho de su vida aquí. Mi abuela solo decía, con mucho orgullo, que
era descendiente de alemanes, porque así se lo había dicho su madre.
Cuando recogimos las pertenencias de mi padre, tras su
fallecimiento, entre sus cosas aparecieron partidas de nacimiento expedidas en
La Carolina, la cartilla militar de su padre (mi abuelo), la última cartilla de
racionamiento, etc.
Y yo, que soy como él: me gusta guardarlo todo y dar a la
historia y a los objetos antiguos —que no viejos— el valor y el lugar que
merecen, empecé por ahí; quería saber quién era y de dónde venía.
Para no
aburrirles más, ni ponerme demasiado sensiblera, les contaré cómo nació este
libro.
Empezó con una maraña de nombres, conexiones y personas a
las que fui dando rostro y entendiendo quién era quién. Parecía un juego de
mesa. Y hubo dos que me llamaron especialmente la atención.
Una fue doña Concepción Risoto Prigman —o Pritman, o
Fritman—; lo he encontrado escrito de muchas formas. Ella aparecía, tanto sola
con la venia de su marido, como junto a él, en muchas escrituras de compraventa y
permuta. Eso me llamó la atención, porque no era habitual que una mujer
apareciera tan activamente en documentos notariales de la época. Y se lo digo
yo, que he revisado más de… —No les voy a decir la cifra porque no la sé ni yo. —Lo dejaremos en unos cuantos microfilms en una plataforma de mormones estadounidenses,
que tiene por nombre FamilySearch, donde recopilan y conservan registros
genealógicos de todo el mundo, negociando el escaneo con ayuntamientos,
archivos históricos y diocesanos.
Además, tanto en testamentos como en partidas de bautismo de
muchos de sus allegados, doña Concepción y su esposo aparecían como padrinos,
tutores, curadores, partidores de herencia o albaceas y eso los distinguía como
personas respetadas y queridas.
Luego estaba la foto. La famosa foto que ahora les enseñaré.
Quienes ya han leído el libro, sabrán que aparece al final.
Mi abuela guardaba una caja metálica —sería de galletas—
donde conservaba fotos antiguas. Vivió con nosotros durante mis primeros años
de vida, pero después se mudó con su hija y se llevó parte de aquellas fotos.
Cuando empezaron a popularizarse las nuevas tecnologías, le pedí a mi tío que
me escaneara fotos familiares y me las enviara. Y entre las que me mandó había
una señora vestida como Sissi. ¿Saben quién era Sissi Emperatriz? Mi heroína de
infancia…
La pena era que se había perdido el conocimiento de quién
era la dama de la fotografía, pero después de tres años de investigación, todas
las piezas encajaron y comprendí que no podía ser otra más que ella.
No había ninguna otra señora, en mi línea directa, con el
poder adquisitivo suficiente como para haberse hecho un daguerrotipo en aquella
época, 1860 aproximadamente. La modelo y la moda coincidían con su edad (40
años), y encajaba con el perfil de protagonismo y autoridad. Tuvo que tomarse
la foto en Jaén, donde se fundaron los primeros estudios fotográficos en 1858,
y tendría que haber sentido una gran curiosidad por la magia de la luz.
¿Pero por qué la conservaba mi abuela?
Desenmarañando toda esta maraña —valga la
redundancia—, descubrí el lazo de unión. Una nieta de la dama era la madre de mi
abuela. Por eso se conservó la fotografía: por cariño.
Lástima grande que el
original se haya perdido.
Ahí nació La esposa de don José.
Una novela que da voz a Conchita, una mujer que creció en
Carboneros, que soñó con un mundo más allá de los olivares, que amó y sufrió,
que fue hija obediente, esposa y madre, pero también una mujer con carácter,
con sueños y con voz propia en una sociedad de hombres.
En el libro vivirán con ella su boda, donde se mezclan las
tradiciones centroeuropeas de los colonos con el sabor andaluz de las migas con
torreznos y los bailes de polca y flamenco.
Viajarán con ella a Madrid, pasearán por el Retiro y la
Plaza Mayor, sentirán cómo se despierta en su interior el deseo de aprender y
de decidir por sí misma.
¿Por qué leer La esposa de don José?
Porque es emoción auténtica: dudarán, reirán y llorarán con
Conchita.
Porque es riqueza histórica: descubrirán la España de las
Nuevas Poblaciones, de la Ilustración, de los colonos que llegaron para forjar
un futuro.
Y porque es un homenaje personal: en cada página laten las
voces de mi padre y mi abuela, cuyas memorias me impulsaron a escribir.
Espero, de todo corazón, que disfruten tanto leyendo “La
esposa de don José” como yo disfruté escribiéndolo. Muchas gracias.
SI QUERÉIS CONOCER MÁS DE CONCHITA Y SU FAMILIA:

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