Presentación en La Carolina "La esposa de Don José" 25-09-2025




 

Buenas tardes:

 

Soy María del Carmen Sánchez Rincón, y no se imaginan la emoción que siento al estar hoy aquí con ustedes.

 Comenzaré confesándoles que, hasta hace apenas cuatro años, mi relación con La Carolina era muy superficial. Pasé mil veces por la Nacional IV, y siempre, al cruzar Despeñaperros, decíamos: “¡Mira, La Carolina!”…, pero seguíamos el viaje.

 Antes de esta aventura genealógica que comencé en 2022, había visitado estas tierras solo dos veces, y siempre de paso. La primera vez fue para que mi padre nos mostrara dónde había nacido, su casa familiar, sus recuerdos de infancia. Incluso, improvisando, llegamos a llamar a la puerta de algún pariente… pero todo fue muy rápido, casi anecdótico.

 Ustedes se preguntarán, igual como me lo pregunté yo al comenzar esta aventura, por qué ese desapego a su pueblo y a sus orígenes. Bueno, eso se desvelará en el tercer libro; si deciden seguir leyendo conmigo, lo descubriremos juntos.

Pero sí quería contarles que mi padre nunca se olvidó de sus orígenes, siempre quiso ser enterrado con la bandera de Andalucía, y así lo hicimos. En sus últimos años de vida, ya muy delicado de salud, apenas salía de casa, pero si le preguntabas por su infancia y juventud, te decía: “Cuando llegué a Madrid, en el 44, tenía trece años…”, y otras veces me pedía: “Enséñame en el teléfono fotos de mi pueblo…”

Qué pena que entonces no supiera tanto como sé ahora sobre mis raíces, sobre las Nuevas Poblaciones, sobre la minería… Habríamos podido contarnos tantas cosas mutuamente.

Posiblemente yo sepa ahora más que él mismo. Ellos no hablaban mucho de su vida aquí. Mi abuela solo decía, con mucho orgullo, que era descendiente de alemanes, porque así se lo había dicho su madre.

Cuando recogimos las pertenencias de mi padre, tras su fallecimiento, entre sus cosas aparecieron partidas de nacimiento expedidas en La Carolina, la cartilla militar de su padre (mi abuelo), la última cartilla de racionamiento, etc.

Y yo, que soy como él: me gusta guardarlo todo y dar a la historia y a los objetos antiguos —que no viejos— el valor y el lugar que merecen, empecé por ahí; quería saber quién era y de dónde venía.

Para no aburrirles más, ni ponerme demasiado sensiblera, les contaré cómo nació este libro.

Empezó con una maraña de nombres, conexiones y personas a las que fui dando rostro y entendiendo quién era quién. Parecía un juego de mesa. Y hubo dos que me llamaron especialmente la atención.

Una fue doña Concepción Risoto Prigman —o Pritman, o Fritman—; lo he encontrado escrito de muchas formas. Ella aparecía, tanto sola con la venia de su marido, como junto a él, en muchas escrituras de compraventa y permuta. Eso me llamó la atención, porque no era habitual que una mujer apareciera tan activamente en documentos notariales de la época. Y se lo digo yo, que he revisado más de… —No les voy a decir la cifra porque no la sé ni yo. —Lo dejaremos en unos cuantos microfilms en una plataforma de mormones estadounidenses, que tiene por nombre FamilySearch, donde recopilan y conservan registros genealógicos de todo el mundo, negociando el escaneo con ayuntamientos, archivos históricos y diocesanos.

Además, tanto en testamentos como en partidas de bautismo de muchos de sus allegados, doña Concepción y su esposo aparecían como padrinos, tutores, curadores, partidores de herencia o albaceas y eso los distinguía como personas respetadas y queridas.

Luego estaba la foto. La famosa foto que ahora les enseñaré. Quienes ya han leído el libro, sabrán que aparece al final.

Mi abuela guardaba una caja metálica —sería de galletas— donde conservaba fotos antiguas. Vivió con nosotros durante mis primeros años de vida, pero después se mudó con su hija y se llevó parte de aquellas fotos. Cuando empezaron a popularizarse las nuevas tecnologías, le pedí a mi tío que me escaneara fotos familiares y me las enviara. Y entre las que me mandó había una señora vestida como Sissi. ¿Saben quién era Sissi Emperatriz? Mi heroína de infancia…

La pena era que se había perdido el conocimiento de quién era la dama de la fotografía, pero después de tres años de investigación, todas las piezas encajaron y comprendí que no podía ser otra más que ella.

No había ninguna otra señora, en mi línea directa, con el poder adquisitivo suficiente como para haberse hecho un daguerrotipo en aquella época, 1860 aproximadamente. La modelo y la moda coincidían con su edad (40 años), y encajaba con el perfil de protagonismo y autoridad. Tuvo que tomarse la foto en Jaén, donde se fundaron los primeros estudios fotográficos en 1858, y tendría que haber sentido una gran curiosidad por la magia de la luz.

¿Pero por qué la conservaba mi abuela?

Desenmarañando toda esta maraña —valga la redundancia—, descubrí el lazo de unión. Una nieta de la dama era la madre de mi abuela. Por eso se conservó la fotografía: por cariño.

 Lástima grande que el original se haya perdido.

 

Ahí nació La esposa de don José.

Una novela que da voz a Conchita, una mujer que creció en Carboneros, que soñó con un mundo más allá de los olivares, que amó y sufrió, que fue hija obediente, esposa y madre, pero también una mujer con carácter, con sueños y con voz propia en una sociedad de hombres.

 

En el libro vivirán con ella su boda, donde se mezclan las tradiciones centroeuropeas de los colonos con el sabor andaluz de las migas con torreznos y los bailes de polca y flamenco.

Viajarán con ella a Madrid, pasearán por el Retiro y la Plaza Mayor, sentirán cómo se despierta en su interior el deseo de aprender y de decidir por sí misma.

 

¿Por qué leer La esposa de don José?

Porque es emoción auténtica: dudarán, reirán y llorarán con Conchita.

Porque es riqueza histórica: descubrirán la España de las Nuevas Poblaciones, de la Ilustración, de los colonos que llegaron para forjar un futuro.

Y porque es un homenaje personal: en cada página laten las voces de mi padre y mi abuela, cuyas memorias me impulsaron a escribir.

 El otro familiar que me llamó la atención se llamaba Agustín Ruiz, y es el protagonista de mi segundo libro, ya comenzado, del que todavía no puedo contarles mucho más. Solo les diré que fue un hombre que llegó a La Carolina aproximadamente en la época de la abolición de los fueros y que hizo fortuna con su inteligencia, aun sin saber leer ni escribir.

Espero, de todo corazón, que disfruten tanto leyendo “La esposa de don José” como yo disfruté escribiéndolo. Muchas gracias.

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